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el propio Parménides en su
Poema del ser
sostiene también que “Lo mismo es
pensar y ser”
1
. Lo cierto es que en esto no tenemos alternativa: si queremos al-
canzar alguna verdad, y aceptamos que en ello el pensamiento ha de ser nuestro
guía, debemos someternos entonces a sus exigencias.
De ahí también se entiende que Parménides pone su pensamiento en boca nada
menos que de una Diosa –
Dike
– y que, más encima no sólo es la Diosa de la
Justicia, sino a la vez de la Verdad. Dike significa ‘lo recto’ y esto incluye tanto a
la justicia como a la verdad. Y, desde luego, la Diosa de la Verdad no puede sino
decir la verdad. A su vez con Parménides se trata de una reiterada insistencia
en que cada expresión del pensamiento va acompaña de la idea de necesidad
jré, anánke
– como también de la remisión a otra deidad –
Moira
– la Diosa del
Destino.
Pues bien, en cuanto al ser que
necesariamente
es eterno, cabe sostener que
esta eternidad es la del “eterno presente” –
nunc stans
– el “ahora estático”, es
decir, es supra-temporal, está más allá de los avatares del tiempo y su pasar que
todo lo va relegando inexorablemente al pasado. El ser que siempre es, ha sido
y será, que no puede haber comenzado ni acabar, es estático, inmóvil. Podría
decirse que el “es”, propio de cada cosa, por de pronto de nosotros mismos
como humanos, pero también del árbol, del animal, pero más precisamente, de
aquella flor, de aquél caracol, de esa nube, necesariamente es inmóvil, y lo que
observamos que cambia, se altera, se modifica, llega a ser y deja de ser, corres-
ponde a las fenomenizaciones de eso que “es”. En otras palabras, dentro de este
“es”, que es eterno, que siempre es, desde luego no sólo hay fenomenizaciones
sino también individuaciones. Ahora bien, todos ellos, fenómenos e individuos,
llegan a ser y dejan de ser,
menos
el ser. Siempre sucederá que todo aparece y
desaparece, se constituye y se desarma, se organiza y desorganiza, nace y mue-
re,
menos
el ser. El ser mismo es la excepción absoluta de todo ello. Siempre
podremos decir que con cada cosa sucede que es esto y luego lo otro, que le
pasó algo, que luego cambió, se trasladó, padeció, se transformó,
menos
, siem-
pre
menos
el ser. El ser es así el “menos absoluto”, puesto que es la excepción.
La concepción del ser eterno de Parménides, del siglo V a.C. constituye proba-
blemente, y por las razones esbozadas, una respuesta respecto del origen del
universo más válida que toda respuesta que nos brinde hoy en día la Astrofísica.
El ser es desde siempre y será para siempre, es inmóvil en su inmensidad incon-
mensurable; todo cambia y se mueve en él; y, desde luego, él se hace presente y
determina a cada cosa de la que decimos que “es”.
En cierto modo, podríamos decir, la propia Astrofísica con sus extraordinarios
avances y los datos que nos suministra contribuyen a darle la razón a Parméni-
1 Parménides, texto griego traducción y comentario de Alfonso Gómez Lobo, Buenos
Aires: Charcas, 1985, Fragmento B 8.
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