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La sociedad y los ciudadanos confían en que así sea; es decir, que por el
hecho de decidirse a ejercer esta profesión, un médico asume un exigente
compromiso de lealtad hacia el paciente, con un generoso y sincero interés
por hacer las cosas del mejor modo posible.
Llegados a este punto surgen necesariamente algunas preguntas decisivas:
¿queda a la discrecionalidad de cada médico el modo de interpretar y apli-
car estos compromisos éticos tan sustantivos en la profesión médica? Todo
lo que está más allá de lo que establece la ley, ¿es sólo un asunto de con-
ciencia personal? Se trata en definitiva de establecer si la ética de máximos
de cada profesional queda absolutamente confinada a su propia conciencia
moral, sin que se pueda decir nada más al respecto.
O cabe, por el contrario, que se le pueda exigir al médico un conjunto
de deberes precisamente por haber abrazado la profesión médica, aunque
no se lo demande el ordenamiento jurídico. La cuestión no es retórica ni
académica, pues está incluso en el sentido común: del médico se espera un
determinado nivel de exigencia moral, más allá de lo que digan las leyes, o
al menos sin esperar a que se le imponga. Pero entonces, ¿quién decide lo
que es ser un buen médico? ¿Es opinable que el médico debe ser compa-
sivo y tratar con cordialidad a los pacientes? ¿Puede depender tan sólo del
estilo que le han transmitido sus profesores? ¿Se puede plantear que aquel
médico que ha abusado de la debilidad del enfermo en su beneficio sea
sancionado por su propia comunidad profesional?
Se cuenta que tres albañiles estaban realizando la misma tarea pero con
distinta actitud. Al interrogarles sobre lo que están haciendo, el primero
respondió quejoso: “ya ve, poniendo un ladrillo encima de otro”; el segun-
do con mejor ánimo dijo: “sacando adelante a mi familia”; al tercero se
lo encontraron cantado entusiasmado, se paró y dijo: “¡estamos haciendo
una catedral!”. Es una comparación que nos puede servir para explorar las
motivaciones del médico: en primer lugar hay quien puede estar visitando
una fila de pacientes, como una pesada tarea que hay que terminar cuanto
antes para volver a casa; en la segunda actitud cabe sentirse practicando
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