El legado de Humberto Maturana y Francisco Varela: Desarrollos, desafíos y aplicaciones de la teoría autopoiética en el siglo XXI

El legado de Humberto Maturana y Francisco Varela Desarrollos, desafíos y aplicaciones de la teoría autopoiética en el siglo XXI 236 Si conocer es acción, la operación fundamental es la distinción. Recurriendo a la lógica de Spencer-Brown (1969, en Keeney, 1983/1991), todo acto cog- nitivo comienza con el mandato ¡Traza una distinción! Al respecto, Matu- rana y Varela (1984/2013) plantean lo siguiente: El acto de señalar cualquier ente, objeto, cosa o unidad está ama- rrado a que uno realice un acto de distinción que separa lo señalado como distinto de un fondo. Cada vez que hacemos referencia, implí- cita o explícitamente, estamos especificando un criterio de distin- ción que señala aquello de que hablamos y especifica sus propieda- des. (p. 24) La aceptación de que la realidad emerge de nuestros actos de distinción nos lleva a abandonar el representacionismo. Siguiendo a Watzlawick y Ceberio (1998), lenguaje y realidad están íntimamente relacionados, pero en una di- rección inversa a la tradición clásica. Bajo esta óptica, si pensamos que la realidad se inventa por medio de atribuciones de sentido —trazando distin- ciones, realizando abstracciones y elaborando hipótesis—, el acto de cono- cimiento se revela inevitablemente autorreferencial y subjetivo. Si acepta- mos que la realidad emerge de nuestros actos de distinción, el sufrimiento psicológico deja de ser un hecho objetivo para revelarse como una configu- ración que surge en el operar mismo del observador. Echeverría (2014), si- guiendo a Maturana, plantea que “el sufrimiento, a diferencia del dolor, surge de las interpretaciones que hacemos sobre lo que nos acontece, y muy particularmente, de los juicios en que dichas interpretaciones descansan”. (p. 130) Mientras el dolor es inevitable, el sufrimiento se perpetúa en la de- riva cultural de nuestras explicaciones y rechazos. Aquí radica un giro téc- nico fundamental: la competencia del terapeuta no consiste en analizar el contenido de las comunicaciones (la anécdota), sino en explorar las distin- ciones operativas centrales con las que el paciente organiza su experiencia. A menudo, estas distinciones se cristalizan bajo una mirada moralizante que clausura la reflexión y estrecha dramáticamente el campo de lo posible. Desde esta óptica restringida, el observador implementa soluciones que, pa- radójicamente, alimentan el problema.

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