El legado de Humberto Maturana y Francisco Varela: Desarrollos, desafíos y aplicaciones de la teoría autopoiética en el siglo XXI

233 Capítulo 11 · Del determinismo estructural a la poética terapéutica. Matías Alberto Mouliat Una implicancia clínica de este principio es que la interacción ins- tructiva es ontológicamente imposible: un ser humano no puede causar o instruir una respuesta específica en otro. Los sistemas pueden acoplarse o seguir indicaciones, pero el control directo es una ilusión. El sistema siem- pre responde a las perturbaciones según su propia coherencia interna, pre- servando su autonomía. La clausura operacional, sin embargo, no implica aislamiento. Los seres vivos existen en interacciones recurrentes, dando lu- gar al fenómeno del acoplamiento estructural . Esta noción refiere a la rela- ción dinámica y recursiva entre un organismo y su medio (o con otros orga- nismos), donde ambos se modifican mutuamente sin perder su autonomía (Maturana y Varela, 1984/2013). Como señala Varela (2000/2016), “el organismo no puede ser abor- dado como un proceso aislado; nos vemos forzados a descubrir regiones que se entretejen de maneras complejas” (p. 100). El cambio, por tanto, no ocurre por instrucción externa, sino que emerge en la coordinación recí- proca a través de la congruencia estructural alcanzada en una historia com- partida de interacciones. Al abordar el dominio humano, la biología del co- nocer converge con intuiciones fundamentales de la filosofía contemporá- nea, específicamente con el giro lingüístico. Si bien el acoplamiento estruc- tural es universal en lo vivo, la especificidad humana radica en que nuestro acoplamiento ocurre en el dominio lingüístico. Maturana y Varela (1984/2013) plantean que “operamos en el lenguaje cuando un observador ve que tenemos como objetos de nuestras distinciones lingüísticas a elemen- tos de nuestro dominio lingüístico” (p. 139). Maturana (1995) es enfático al respecto: “toda nuestra realidad humana es social y somos individuos, per- sonas, solo en cuanto somos seres sociales en el lenguaje” (p. 13). Esta afir- mación biológica resuena con la ontología de Heidegger (1947/2013), para quien el lenguaje no es un mero instrumento de comunicación, sino “la mo- rada del ser”. Este habitar en el lenguaje tiene una consecuencia fundamental para la identidad. Maturana y Varela (1984/2013) fundamentan que el operar recursivo del lenguaje es “condición sine qua non para la experiencia que asociamos a lo mental” (p. 152). En esta línea, sostienen que “en la red de interacciones lingüísticas en que nos movemos, mantenemos una continua

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