El legado de Humberto Maturana y Francisco Varela: Desarrollos, desafíos y aplicaciones de la teoría autopoiética en el siglo XXI
229 Capítulo 11 · Del determinismo estructural a la poética terapéutica. Matías Alberto Mouliat en su encarnación contemporánea hacia un nuevo reduccionismo. Este fe- nómeno de simplificación se manifiesta en diversos ámbitos. Un ejemplo ilustrativo lo realiza Pakman (2011) sobre la deriva de la psiquiatría, quien, denunciando a la llamada Década del Cerebro de los años 90 —fuertemente influenciada por los intereses de la industria farmacéutica—, consolidó una visión donde lo mental quedó reducido a lo cerebral, despojando al sujeto de su trama social y cultural para convertir el sufrimiento en un mero des- ajuste químico corregible. Este marco epistemológico no es inocuo, sino que ha dado lugar a una configuración histórica específica: en diferentes tiempos y lugares han existido diversas formas de concebir la condición humana. La psicología, como argumenta Pérez Soto (1998), lejos de ser la ciencia neutral de una naturaleza humana universal, constituye el discurso típicamente moderno y occidental sobre el sujeto (múltiples). Bajo el paradigma de la modernidad, este discurso construye una subjetividad a su medida: una entidad indivi- dual, racional, descontextualizada y objetivable, susceptible de ser estu- diada y administrada como un objeto más de la naturaleza. Es sobre este sujeto inventado que, como advierte Keeney (1983/1991), la psicología adoptó acríticamente las distinciones de la física clásica. Al importar estas distinciones, la disciplina abrazó metáforas tales como la energía, la fuerza o la masa. Este andamiaje, diseñado para un mundo de relojes y palancas, se muestra incapaz de capturar la recursividad y la complejidad de la vida. La insuficiencia del modelo clásico no se reduce a una limitación metodológica; constituye lo que Capra (1996/1998) denomina una pro- funda crisis de percepción. No obstante, esta crisis no se resuelve con meros ajustes técnicos. Modificar la percepción implica necesariamente una trans- formación radical en nuestras posturas ontológicas y en los fundamentos mismos del conocer. Este reconocimiento fuerza un giro epistemológico irreversible: el observador ya no es un testigo externo, sino parte integral del fenómeno. Esta ruptura, formalizada por la cibernética de segundo or- den, transformó la observación en una operación situada. Maturana y Va- rela (1984/2013) plantearon que “todo lo dicho es dicho por alguien” (p. 63), mientras que Von Foerster (1991) se preguntaba “¿cuáles son las pro- piedades del observador?” (p. 92).
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