El legado de Humberto Maturana y Francisco Varela: Desarrollos, desafíos y aplicaciones de la teoría autopoiética en el siglo XXI

211 Capítulo 10 · De la autopoiesis a la mentalización. Moufarrej Riff Silva Del acoplamiento a la intersubjetividad La atención conjunta se define como la capacidad de coordinar la atención con otra persona hacia un foco de interés compartido, organizando la pro- pia orientación atencional en relación con la del otro (Escudero-Sanz et al., 2013; Mundy y Newell, 2007). Esta coordinación puede expresarse tanto en la respuesta a señales sociales —el seguimiento de la mirada o del gesto— como, en estadios tempranos del desarrollo, en la iniciativa de un niño por dirigir la atención de uno de sus cuidadores hacia un objeto o evento, lo que resulta en la configuración de un marco relacional compartido (Carpenter et al., 1998; Ilyka et al., 2021). Desde la teoría de la autopoiesis, la atención conjunta podría com- prenderse como una forma temprana de coordinación de coordinaciones, ya que no solo se alinean conductas atencionales, sino que se coordina re- cursivamente la propia coordinación que las sostiene en la interacción. En ese sentido, no se trata simplemente de coincidir perceptivamente en un objeto, sino de participar en un episodio en que —como ocurre en la inter- acción entre un niño y su cuidador— cada acción se orienta en función de la acción del otro, lo que da lugar a un patrón de articulación sensoriomo- tora de carácter mutuo y relativamente estable (Escudero-Sanz et al., 2013; Haviland, 2021). En un escenario de interacciones tempranas, la atención conjunta inaugura un dominio triádico compuesto por el niño, el otro y el objeto, que introduce una forma inicial de intersubjetividad, donde el foco compartido adquiere sentido en la relación (Flavell, 2000). La evidencia en psicología del desarrollo ha mostrado que, en los seres humanos, esta capacidad emerge de manera progresiva durante el pri- mer año de vida, avanzando desde formas iniciales de respuesta a la atención del otro hacia modalidades más complejas en las que el infante inicia acti- vamente episodios de atención conjunta (Escudero-Sanz et al., 2013; Mundy y Newell, 2007). Esta transición es relevante, ya que la iniciación de la atención conjunta implica que el niño no solo monitorea la conducta aten- cional del otro, sino que coordina su propia acción para influir en ella. Así, la atención conjunta se alza como una práctica relacional que contribuye

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