El legado de Humberto Maturana y Francisco Varela: Desarrollos, desafíos y aplicaciones de la teoría autopoiética en el siglo XXI

161 Capítulo 7 · Pathosformeln, neurociencia y cognición encarnada. Priscila Risi y Marco Díaz estudios con primates y posteriormente confirmados en humanos, poseen una característica importante: se activan tanto cuando ejecutamos una ac- ción como cuando observamos a otra persona ejecutarla. Si vemos a alguien levantando un brazo, nuestro circuito motor se activa de manera análoga a como si nosotros mismos estuviéramos realizando ese movimiento. La ob- servación de expresiones emocionales o representaciones visuales del movi- miento activa circuitos emocionales igualmente profundos. Estos sistemas de neuronas espejo constituyen el andamiaje prerefle- xivo de nuestra capacidad fundamental de comprender y relacionarnos con el mundo, lo que incluye el dominio de las imágenes artísticas. No se trata de una capacidad aprendida o mediada únicamente por interpretación sim- bólica, sino de un sistema que opera de manera anterior a la reflexión cons- ciente y permite resonancia inmediata con lo observado. Este descubri- miento proporciona la base neurobiológica para explicar por qué las imá- genes nos afectan no solo intelectualmente, sino también corporalmente. La convergencia entre la intuición warburguiana de las Pathosfor- meln y el mecanismo de simulación encarnada puede apreciarse con parti- cular claridad en obras que representan momentos de máxima intensidad corporal. El grupo escultórico de Laocoonte y sus hijos ofrece un caso pa- radigmático: esta escultura helenística, una de las formulaciones de sufri- miento y lucha agónica estudiadas por Warburg, revela cómo opera esta doble dimensión histórica y neurobiológica del poder afectivo de las imáge- nes. Al observar esta escultura helenística, nos enfrentamos a cuerpos de mármol retorcidos, músculos en tensión extrema y rostros contraídos por el dolor. Bajo la perspectiva tradicional, veríamos esto simplemente como una representación alegórica del mito troyano; sin embargo, al aplicar la teoría de la simulación encarnada, sucede algo mucho más físico: aunque la piedra es estática, al mirar los bíceps tensos y el torso arqueado de Laocoonte, las neuronas espejo del espectador se activan y simulan internamente la misma contracción muscular y dificultad respiratoria. No necesitamos luchar con- tra una serpiente real para sentir la imagen, nuestro cerebro reactiva los pa- trones motores y viscerales del sufrimiento físico inscritos en la obra. Así, la Pathosformel deja de ser una mera referencia histórica para confirmarse

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