El legado de Humberto Maturana y Francisco Varela: Desarrollos, desafíos y aplicaciones de la teoría autopoiética en el siglo XXI
El legado de Humberto Maturana y Francisco Varela Desarrollos, desafíos y aplicaciones de la teoría autopoiética en el siglo XXI 138 Sentí mi espalda rígida, una presión inexplicable en el centro de mi cabeza y miré a la madre que caminaba con su hija pe- queña al lado, también de butoh, también con una guagua. Me pregunté por mi hija: ¿podría ella también sentir este dolor? Ese pensamiento se desvaneció repentinamente y solo pude se- guir el ritmo de los pasos por no sé cuántas cuadras. Cada paso era lento, arrastrado, sintiendo todo el dolor de la Tierra. Cada cierto rato recordaba las indicaciones de la performance: sostener las muecas de dolor, de sufrimiento, con la mirada fija, mientras percibía cómo se movilizaban las emociones de quie- nes se detenían a sentir y observar el acto. Las personas alrede- dor miraban y sus rostros se desfiguraban mostrando impacto y perturbación. Al pasar el lienzo y tomar mi guagua —hecha de un cojín con una funda de almohada y amarrada con trapos— no recuerdo haber pensado en “actuar”. Sencillamente el dolor de una ma- dre despojada de su vida te toma el cuerpo. Cuando tuve algo de consciencia tenía la vista nublada. Estaba llorando, no estaba desesperada ni en busca de consuelo, era más un llanto silencioso, desolado e inmensurable. Sostenía a mi guagua muerta acostada frente a mí y al unísono con mis compañeras las elevamos hacia el cielo. Me pesaban los hombros y una compañera me escuchó con su mirada. Nuestra marcha terminó a la altura de Los Héroes, donde desplegamos el lienzo y posicionamos a nuestras gua- guas en fila frente a este. Nos sentamos juntas detrás, bien cerca, medio apoyadas unas con otras, abrazadas casi. Cerré los ojos y sentí un dolor que no tiene nombre, un cansancio incon- ciliable y, en el silencio eterno, un suspiro ahogado de injusti- cia. Lo que vino después fue rápido: desmaquillarse, desvestirse, compartir un tabaco, un pequeño rezo y un gran abrazo. Volví
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