El legado de Humberto Maturana y Francisco Varela: Desarrollos, desafíos y aplicaciones de la teoría autopoiética en el siglo XXI
El legado de Humberto Maturana y Francisco Varela Desarrollos, desafíos y aplicaciones de la teoría autopoiética en el siglo XXI 134 cuerpo como el lugar donde se forja la experiencia a través de hábitos, per- cepciones y disposiciones incorporadas. Se trata de pensar con el cuerpo y desde él. La autopoiesis aporta el sustrato biológico de esta antropología en- carnada; ahora bien, el puente con la experiencia vivida —lo que importa a una fenomenología del cuerpo— lo tiende su desarrollo enactivo más que su formulación clásica. Maturana y Varela (1972) definen al organismo vivo como un sistema autopoiético que se autoproduce continuamente, cerrado en su organización pero abierto estructuralmente a su medio; con ello des- plazan la metáfora de la máquina preprogramada hacia un proceso diná- mico de autocreación en acoplamiento con el entorno. Sobre esa base, es la cognición enactiva la que reconecta la organización biológica con el cuerpo vivido: al sostener que conocer es hacer emerger el mundo mediante la ac- ción corporal situada, vincula la autopoiesis con la experiencia perceptiva que la fenomenología pone en el centro. Así, percepción y movimiento son ya actos cognitivos. Lo sociocultural se coordina en un lenguajear , entendido como una acción coordinadora de haceres (Maturana, 1990). Silvia Citro desarrolla una noción similar con la intersubjetividad corporal, una base empática que permite una aprehensión prerreflexiva de la realidad a través de la sensibi- lidad y la percepción compartidas sobre el ser y el estar en el mundo (Citro, 2010). Esta coordinación posee un fundamento biológico en las emociones: Damasio las define como programas de acción fisiológica (Damasio, 1994/1996), mientras que Maturana y Dávila las conciben como disposicio- nes corporales dinámicas que abren o cierran posibilidades de acoplamiento (Maturana y Dávila, 2009). El sense-making enactivo está, así, teñido de una valencia afectiva primordial. La cultura puede entenderse, entonces, como una red histórica de estas coordinaciones emocionales encarnadas, lo que revela una síntesis bioafectiva. Conceptos como las local biologies , acuñadas por Lock (1993) y resituado por Niewöhner y Lock (2018), subrayan cómo las fisiologías se coconstituyen en nichos biorrelacionales específicos.
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