Panorama de estudios actuales del español en América

g a b r i e l a l v a r a d o p a v e z | 976 «Usted no lo diga»: Esbozo de ideologías lingüísticas en torno al español de Chile en medios de comunicación contemporáneos Alberdi (1810-1884) y Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888), entre otros (Arnoux, 2008). La segunda tendencia, unionista , era de orden fun- damentalmente integrativo y (hasta cierto punto) dependiente de España en cuanto al modelo de lengua. Operaba a través del precepto de la unidad lingüística , el cual procura impedir una fragmentación y consecuente disolución de la herencia hispánica en unidades nacionales, enfatizando el liderazgo de España. Esta ideología sirvió para expandir las bases del panhispanismo por América en momentos posteriores. En Chile las ideas unionistas triunfaron en buena medida por la inmensa influencia política e intelectual de Andrés Bello (1781-1865), expandiéndose durante los re- gímenes conservadores de mediados del xix y prolongándose al siglo xx (Rojas, 2015a y 2015d; Rojas y Avilés, 2014; Jaksic, 2010; Arnoux, 2008). El arraigo de la ideología unionista tiene sentido en un momento en el que la élite chilena se identificaba por completo con el proyecto civilizatorio occidental y en el que la matriz cultural española, en particular, se conce- bía no tanto solo como el modelo más importante de dicho proyecto, sino también como el origen único y esencial de la nación. Imaginar un carác- ter civilizado de la chilenidad, cualitativamente indistinto al europeo, fue clave para la tarea de construcción del Estado y de otros modos de control social, algo que ocurrió bajo el signo católico y autoritario de los gobiernos conservadores o el laico-racionalismo de los liberales. Es clave añadir que la visión unionista presenta dos sesgos deter- minantes para su operatividad. Primero, el geopolítico, en tanto impone una jerarquía en la que el español europeo con pauta centrada en Madrid se ha de situar en un estatus incontrovertiblemente superior. Y, segundo, está el sesgo de clase social, puesto que implica unmodelo lingüístico aco- tado a «personas educadas». El clasismo de este esquema es evidente en los argumentos de algunos intelectuales como los chilenos, seguidores de Bello, Ramón Sotomayor Valdés (1830-1903) y Aníbal Echeverría y Reyes (1864-1938), quienes explícitamente respaldaron que la clase educada es- tableciera la norma; este último declaró que el «vulgo» jamás podría «dar el tono de un idioma» (Rojas, 2013, p. 473). La percepción de superioridad de una lengua española con regulación centrada en Madrid y «propia de la

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