Desolación
45 Y para refrescar en musgos con rocío la boca, requemada en las llamas dantescas, busqué las Florecillas de Asís, las siempre frescas, ¡y en esas felpas dulces se quedó el pecho mío! Yo vi a Francisco, a aquel fino como las rosas, pasar por su campiña más leve que un aliento, besando el lirio abierto y el pecho purulento, por besar al Señor que duerme entre las cosas. ¡Poema de Mistral, olor a surco abierto que huele en las mañanas, yo te aspiré embriagada! Vi a Mireya exprimir la fruta ensangrentada del amor y correr por el atroz desierto. Te recuerdo también, deshecha de dulzuras, verso de Amado Nervo, con pecho de paloma, que me hiciste más suave la línea de la loma, cuando yo te leía en mis mañanas puras. Nobles libros antiguos, de hojas amarillentas, sois labios no rendidos de endulzar a los tristes, sois la vieja amargura que nuevo manto viste: ¡desde Job hasta Kempis la misma voz doliente! Los que cual Cristo hicieron la Vía Dolorosa, apretaron el verso contra su roja herida, y es lienzo de Verónica la estrofa dolorida; ¡todo libro es purpúreo como sangrienta rosa!
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