Desolación
260 La charca Era una charca pequeña, toda pútrida. Cuanto cayó en ella se hizo impuro: las hojas del árbol próximo, las plumillas de un nido, hasta los vermes del fondo, más negros que los de otras pozas. En los bordes, ni una brizna verde. El árbol vecino y unas grandes piedras la rodea- ban de tal modo, que el sol no la miró nunca ni ella supo de él en su vida. Mas un buen día, como levantaran una fábrica en los alrededores, vinieron obreros en busca de las grandes piedras. Fue eso en un crepúsculo. Al día siguiente el primer rayo cayó sobre la copa del árbol y se deslizó hacia la charca. Hundió el rayo en ella su dedo de oro y el agua, negra como un betún, se aclaró: fue rosada, fue vio- leta, tuvo todos los colores: ¡un ópalo maravilloso! Primero, un asombro, casi un estupor al traspa- sarla la flecha luminosa; luego, un placer desconocido mirándose transfigurada; después... el éxtasis, la callada adoración de la presencia divina descendida hacia ella. Los vermes del fondo se habían enloquecido en un principio por el trastorno de su morada; ahora estaban quietos, perfectamente sumidos en la con- templación de la placa áurea que tenían por cielo. Así la mañana, el mediodía, la tarde. El árbol vecino, el nido del árbol, el dueño del nido, sintieron el estremecimiento de aquel acto de redención que se realizaba junto a ellos. La fisonomía gloriosa de la charca se les antojaba una cosa insólita.
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