Desolación
258 Pero, dulcificando hipócritamente la voz, gritó, vuelto al camino: —Hermano cardo, pobrecito hermano nuestro, el lirio te pregunta si conoces a Cristo. Y vino en el viento la voz cansada y como rota del cardo: —Sí; ha pasado por este camino y le he tocado los vestidos, yo, ¡un triste cardo! —¿Y es verdad que se me parece? —Solo un poco, y cuando la luna te pone dolor. Tú levantas demasiado la cabeza. Él la lleva algo incli- nada; pero su manto es albo como tu copo y eres harto feliz de parecértele. ¡Nadie lo comparará nunca con el cardo polvoroso! —Di, cardo, ¿cómo son sus ojos? El cardo abrió en otra planta una flor azul. —¿Cómo es su pecho? El cardo abrió una flor roja. —Así va su pecho —dijo. —Es un color demasiado crudo —dijo el lirio. —¿Y qué lleva en las sienes por guirnalda, cuando es la primavera? El cardo elevó sus espinas. —Es una horrible guirnalda —dijo la camelia—. Se le perdonan a la rosa sus pequeñas espinas; pero esas son como las del cactus, el erizado cactus de las laderas. —¿Y ama Cristo? —prosiguió el lirio, turbado. —¿Cómo es su amor? —Así ama Cristo—dijo el cardo echando a volar las plumillas de su corola muerta hacia todos los vientos. —A pesar de todo —dijo el lirio—, querría cono- cerle. ¿Cómo podría ser, hermano cardo?
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