Desolación
257 El cardo A don Rafael Díaz Una vez un lirio de jardín (de jardín de rico) pregun- taba a las demás flores por Cristo. Su dueño, pasando, lo había nombrado al alabar su flor recién abierta. Una rosa de Sarón, de viva púrpura, contestó: —No le conozco. Tal vez sea un rústico, pues yo he visto a todos los príncipes. —Tampoco lo he visto nunca —agregó un jazmín, menudo y fragante— y ningún espíritu delicado deja de aspirar mis pequeñas flores. —Tampoco yo —añadió todavía la camelia fría e impasible—. Será un patán: yo he estado en el pecho de los hombres y las mujeres hermosas... Replicó el lirio: —No se me parecería si lo fuera, y mi dueño lo ha recordado al mirarme esta mañana. Entonces la violeta dijo: —Uno de nosotros hay que sin duda lo ha visto: es nuestro pobre hermano el cardo. Vive a la orilla del camino, conoce a cuantos pasan, y a todos saluda con su cabeza cubierta de ceniza. Aunque humillado por el polvo, es dulce, como que da una flor de mi matiz. —Has dicho una verdad —contestó el lirio—. Sin duda, el cardo conoce a Cristo; pero te has equi- vocado al llamarlo nuestro. Tiene espinas y es feo como un malhechor. Lo es también, pues se queda con la lana de los corderillos, cuando pasan los rebaños.
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