Desolación

256 El hilo de agua, incrédulo pero prudente, calló, resignado a la espera. Cuando su cuerpo palpitador ya más crecido salió a la luz, su primer cuidado fue buscar aquella prolon- gación de que la raíz hablara. Y, ¡oh Dios!, lo que sus ojos vieron. Primavera reinaba espléndida, y en el sitio mismo en que la raíz se hundía, una forma rosada, graciosa engalanaba la tierra. Se fatigaban las ramas con una carga de cabecitas rosadas, que hacían el aire aromoso y lleno de secreto encanto. Y el arroyo se fue, meditando por la pradera en flor: —¡Oh, Dios! ¡Cómo lo que abajo era hilacha áspera y parda se torna arriba seda rosada! ¡Oh, Dios! ¡Cómo hay fealdades que son prolongaciones de belleza!

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