Desolación
249 —No importa —apresuráronse a decir las cañas—; eran una fruslería. (Pero en el país de las almas se hizo duelo por ellas). Las azucenas, estirando el tallo hasta treinta metros, se quebraron. Las copas de mármol cayeron cortadas a cercén, como cabezas de reinas. Las cañas arguyeron lo mismo. (Pero las Gracias corrieron por el bosque, plañendo lastimeras). Los limoneros a esas alturas perdieron todas sus flores por la violencia del viento libre. ¡Adiós cosecha! —¡No importa —rezaron de nuevo las cañas—; eran tan ácidos los frutos! El trébol se chamuscó, enroscándose los tallos como hilachas al fuego. Las espigas se inclinaron, no ya con dulce laxitud; cayeron sobre el suelo en toda su extravagante longi- tud, como rieles inertes. Las patatas por vigorizar en los tallos, dieron los tubérculos raquíticos: no eran más que pepitas de manzana… Ya las cañas no reían; estaban graves. Ninguna flor de arbusto ni de hierba se fecundó; los insectos no podían llegar a ellas, sin achicharrarse las alitas. Demás está decir que no hubo para los hombres pan ni fruto, ni forraje para las bestias; hubo, eso sí, hambre; hubo dolor en la tierra. En tal estado de cosas, solo los grandes árboles quedaron incólumes, de pie y fuertes como siempre. Porque ellos no habían pecado. Las cañas, por fin, cayeron las últimas, señalando el desastre total de la teoría niveladora, podridas las
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