Desolación

242 A Mimi Aguglia Mujer, bendito sea el alfarero que hizo tu cuerpo: te ensanchó los ojos como grutas marinas; te puso en los brazos las tremendas cuerdas de la pasión; te ahondó la garganta hasta las entrañas, para que pudieras en- tregar el mayor grito. Bendito sea en ti el cuerpo humano, ¡expresiva!, bendito de la planta a la frente: en la cabellera reque- mada como por el aliento del desierto; en la boca que la amargura afila; en tu cintura estremecida de lle- var ceñido veinte años el cilicio de cien garfios de la pasión; ¡en tus pies, que empina el ansia o hace trepi- dar la alegría! Bendito sea el verbo de los poetas en tu boca: ben- ditos los que para ti calientan hasta el blanco los hie- rros de la palabra, porque tus labios son dignos de que ellos se despedazaran. Benditos sean los cuajaro- nes de sangre de la tragedia cuando se derriten en tu lengua y los avientan tus manos. Dios guarde por ti a Gabriel D’Annunzio y a Darío Nicodemi. Alabada sea la mujer que toma las multitudes en sus brazos extendidos y hace de ellas una pira, ¡y les allega su llama! Con los elementos intensos del mundo te amasaron y te irguieron en tu valle: con la brasa del sol romano, con las gredas más rojas. Te pusieron un mediodía en una colina del Lacio, y subió en una ráfaga a ti todo el dolor derramado por los valles. Te hicieron el vértice de la pasión de tu raza. Quedaron por ti como desteñidas las demás

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