Desolación
240 Para gozarte mejor, te dejo descubierto; no con- siento que cubran tu rescoldo maravilloso. Te dieron una aureola de bronce, y ella te enno- blece, ensanchando el resplandor. Mis abuelas quemaron en ti las buenas hierbas que ahuyentan a los espíritus malignos, y yo también para que te acuerdes de ellas suelo espolvorearte las hier- bas fragantes, que crepitan en tu rescoldo como besos. Mirándote, viejo brasero del hogar, voy diciendo: —¡Que todos los pobres te enciendan en esta noche, para que sus manos tristes se junten sobre ti con amor! El cántaro de greda ¡Cántaro de greda, moreno como mi mejilla, tan fácil que eres a mi sed! Mejor que tú es el labio de la fuente, abierto en la quebrada; pero está lejos y en esta noche de verano no puedo ir hacia él. Yo te colmo cada mañana lentamente. El agua canta primero al caer; cuando queda en silencio, la beso sobre la boca temblorosa, pagando su merced. Eres gracioso y fuerte, cántaro moreno. Te pare- ces al pecho de una campesina que me amamantó cuando rendí el seno de mi madre, y me acuerdo de ella mirándote. ¿Tú ves mis labios secos? Son labios que trajeron muchas sedes: la de Dios, la de la belleza, la del amor. Ninguna de estas cosas fue como tú, sencilla y dócil, y las tres siguen blanqueando mis labios.
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