Desolación
239 pequeñas como esta, tan divinas como esta, voy dando una claridad imperceptible, para defenderlas de los robadores de dichas. Basta lo que alumbra su halo de resplandor. Caben en él la cara de mi madre y el libro abierto. ¡Que me dejen solamente lo que baña esta lámpara; de todo lo demás pueden desposeerme! Yo pido a Dios que en esta noche no falte a nin- gún triste una lámpara suave que amortigüe el brillo de sus lágrimas. El brasero ¡Brasero de pedrerías, ilusión para el pobre; mirándo- te, tenemos las piedras preciosas! Voy gozándote a lo largo de la noche los grados del ardor: primero es la brasa, desnuda como una herida; después, una veladura de ceniza que te da el color de las rosas menos ardientes; y al acabar la noche, una blancura leve y suavísima que te amortaja. Mientras ardías, se me iban encendiendo los sue- ños o los recuerdos, y con la lentitud de tu brasa, iban después velándose, muriéndose... Eres la intimidad: sin ti existe la casa, pero no sen- timos el hogar. Tú me enseñaste que lo que arde congrega a los seres en torno de su llama, y mirándote cuando niña pensé volver así mi corazón. E hice en torno mío el corro de los niños. Las manos de los míos se juntan sobre tus brasas. Aunque la vida nos esparza, nos hemos de acordar de esta red de las manos tejida en torno tuyo.
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