Desolación

238 Poemas del hogar A Celmira Zúñiga La lámpara ¡Bendita sea mi lámpara! No me humilla como la lla- marada del sol y tiene un mirar humanizado de pura suavidad, de pura dulcedumbre. Arde en medio de mi cuarto: es su alma. Su apa- gado reflejo hace brillar apenas mis lágrimas y no las veo correr por mi pecho... Según el sueño que está en mi corazón, mudo su cabezuela de cristal. Para mi oración le doy una lum- bre azul, y mi cuarto se hace como la hondura del valle —ahora que no elevo mi plegaria desde el fondo de los valles. Para la tristeza, tiene un cristal violeta, y hace a las cosas padecer conmigo. Más sabe ella de mi vida que los pechos en que he descansado. Está viva de haber tocado tantas noches mi corazón; tiene el suave ardor de mi herida íntima, que ya no abrasa, que para durar se hizo suavísima... Tal vez al caer la noche los muertos sin mirada vienen a buscarla en los ojos de las lámparas. ¿Quién será este muerto que está mirándome con tan callada dulzura? Si fuese humana, se fatigaría antes de mi pena, o bien, enardecida de solicitud, querría aún estar con- migo cuando la misericordia del sueño llega. Ella es, pues, la perfecta. Desde afuera no se adivina, y mis enemigos que pasan me creen sola. A todas mis posesiones, tan

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