Desolación

237 morir. Yo esperaba que asomara tu rostro entre las ramas. ¿Por qué me besaste? La madre no querrá besar a su hijo porque tú lo has hecho, y todo lo que se besa por amor en la tierra, los follajes y los soles, rehusarán la caricia ensombrecida. ¿Cómo podré borrar tu beso de la luz, para que no se empañen o caigan los lirios de esta primavera? ¡He aquí que has pecado contra la confianza del mundo! ¿Por qué me besaste? Ya los que mataron con gar- fios y cuchillas se lavaron: ya son puros. ¿Cómo vivirás ahora? Porque el árbol muda la corteza con llagas; pero tú, para dar otro beso, no ten- drás otros labios, y si besases a tu madre encanecerá a tu contacto, como blanquearon de estupor al com- prender los olivos que te miraron. Judas, Judas, ¿quién te enseñó ese beso? —La prostituta —respondió ahogadamente, y sus miembros se anegaban en un sudor que era también de sangre, y mordía su boca para desprendérsela, como el árbol su corteza gangrenada. Y sobre la calavera de Judas, los labios quedaron, perduraron sin caer, entreabiertos, prolongando el beso. Una piedra echó su madre sobre ellos para jun- tarlos; el gusano los mordió para desgranarlos; la llu- via los empapó en vano para podrirlos. Besan, ¡siguen besando aún bajo la tierra!

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