Desolación

236 —¡Ninguno de nosotros hubiera querido tener alma en ese instante! —Nunca le vimos antes; solo los lirios de las coli- nas lo miraron pasar. ¿Por qué no sombreó ninguna siesta junto a nosotros? —Si le hubiéramos visto alguna vez, ahora tam- bién quisiéramos morir. —¿Dónde ha ido? ¿Dónde está a estas horas? —Un soldado dijo que lo crucificarían mañana sobre el monte. —Tal vez nos mire en su agonía, cuando ya se doble su cabeza; tal vez busque el valle donde amó y en su mirada inmensa nos abarque. —Quizás lleve muchas heridas; acaso se halla a estas horas como uno de nosotros vestido de heridas. —Mañana le bajarán al valle para sepultarle. —¡Que descienda todo el aceite de nuestros fru- tos, que las raíces lleven un río de aceite bajo la tierra, hasta sus heridas! —Amanece. ¡Han emblanquecido todos nuestros follajes! El beso La noche del huerto, Judas durmió unos momentos y soñó, soñó con Jesús, porque solo se sueña con los que se ama o con los que se mata. Y Jesús le dijo: —¿Por qué me besaste? Pudiste señalarme claván- dome con tu espada. Mi sangre estaba pronta, como una copa, para tus labios; mi corazón no rehusaba

RkJQdWJsaXNoZXIy Mzc3MTg=