Desolación
228 sediento al preguntar por el río, les parlé de Ti, sin haberte gozado todavía. Tú, mi Señor, me lo perdonarás. Fue el anhelo de ellos, fue el mío también de mirarte límpido y neto como las hojas de la azucena. A través del desierto, es el ansia de los beduinos la que traza vívidamente el espejismo en la lejanía... Estando en silencio para oírte, el latir de mis arterias me pareció la palpita- ción de tus alas sobre mi cabeza febril, y la di a los hombres como tuya. Pero Tú que comprendes te sonríes con una sonrisa llena de dulzura y de tris- teza a la par. Sí. Es lo mismo, mi Señor, que cuando aguarda- mos con los ojos ardientes, mirando hacia el camino. El viajero no viene, pero el ardor de nuestros ojos lo dibuja a cada instante en lo más pálido del horizonte... Sé que los otros me ultrajarán porque he mentido; pero Tú, mi Señor, solamente sonreirás con tristeza. Lo sabes bien: la espera enloquece y el silencio crea ruidos en torno de los oídos febriles. Arranca esta florecilla. Temo que se marchite y se deshoje, y se caiga, y se confunda con el polvo. Verdad es que aún no estoy en sazón, que mis lágrimas no alcanzarían a colmar el cuenco de tus manos. Pero no importa, mi Dueño: en un día de angustias puedo madurar por completo. Tan pequeña me veo que temo no ser advertida y quedar olvidada como la espiga en que no reparó, pasando, el segador. Por esto quiero suplir con el
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