Desolación

224 En el campo ya callan por la muerte cotidiana las demás voces, y se apagó hace un instante el canto del pájaro más rezagado. Y su corazón sin muerte, su corazón vivo de dolor, ardiente de dolor, recoge las voces que callan en su voz, aguda ahora, pero siem- pre dulce. ¿Canta para un esposo que la mira callada- mente en el atardecer, o para un niño al que su canto endulza? ¿O cantará para su propio corazón, más des- valido que un niño solo al anochecer? La noche que viene se materniza por esa canción que sale a su encuentro; las estrellas se van abriendo con humana dulzura: el cielo estrellado se humaniza y entiende el dolor de la tierra. El canto puro como un agua con luz, limpia el llano, lava la atmósfera del día innoble en el que los hombres se odiaron. De la garganta de la mujer que sigue cantando, se exhala y sube el día, ennoblecido, hacia las estrellas. El ensueño Dios me dijo: —Lo único que te he dejado es una lám- para para tu noche. Las otras se apresuraron, y se han ido con el amor y el placer. Te he dejado la lámpara del ensueño y tú vivirás a su manso resplandor. No abrasará tu corazón, como abrasará el amor a las que con él partieron, ni se te quebrará en la mano, como el vaso del placer a las otras. Tiene una lumbre que apacigua. Si enseñas a los hijos de los hombres, enseñarás a su claridad, y tu lección tendrá

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