Desolación
225 una dulzura desconocida. Si hilas, si tejes la lana o el lino, el copo se engrandecerá por ella de una ancha aureola. Cuando hables, tus palabras bajarán con más sua- vidad de la que tienen las palabras que se piensan en la luz brutal del día. El aceite que la sustente manará de tu propio cora- zón, y a veces lo llevarás doloroso, como el fruto en el que se apura la miel o el óleo, con la magulladura. ¡No importa! A tus ojos saldrá su resplandor tranquilo y los que llevan los ojos ardientes de vino o de pasión, se dirán: —¿Qué llama lleva esta que no la afiebra ni la consume? No te amarán, creyéndote desvalida; hasta cree- rán que tienen el deber de serte piadosos. Pero, en verdad, tú serás la misericordiosa cuando con tu mirada, viviendo entre ellos, sosiegues su corazón. A la luz de esta lámpara, leerás tú los poemas ardientes que ha entregado la pasión de los hombres, y serán para ti más hondos. Oirás la música de los violines, y si miras los rostros de los que escuchan, sabrás que tú padeces y gozas mejor. Cuando el sacer- dote, ebrio de su fe, vaya a hablarte, hallará en tus ojos una ebriedad suave y durable de Dios, y te dirá: —Tú le tienes siempre; en cambio, yo solo ardo de Él en los momentos del éxtasis. Y en las grandes catástrofes humanas, cuando los hombres pierden su oro, o su esposa, o su amante, que son sus lámparas, solo entonces vendrán a saber que la única rica eras tú, porque con las manos vacías, con el regazo baldío, en tu casa desolada, tendrás el
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