Desolación
215 al mar, que es ánfora inmensa, los vasos padecen, hu- millados. Odian su pequeña pared, su pequeño pie de copas, que apenas se levanta del polvo para recibir un poco la luz del día. Cuando los hombres se abrazan, en la hora del amor, no ven que son tan exiguos como un tallo de hierba y que se ciñen con un solo brazo extendido: ¡lo mismo que un ánfora! Miden desde su quietud meditativa el contorno de todas las cosas, y su brevedad no la conocen, de verse engrandecidos en su sombra. Del dedo de Dios que los contorneó, aún con- servan un vago perfume derramado en sus paredes, y suelen preguntar en qué jardín de aromas fueron amasados. Y el aliento de Dios, que caía sobre ellos mientras iba labrándolos, les dejó para mayor tor- tura esta vaga remembranza de una insigne suavidad y dulzura. La sed —Todos los vasos tienen sed —siguió diciéndome el alfarero—; «esos» como los míos, de arcilla pere- cedera. Así los hicieron, abiertos, para que pudieran recibir el rocío del cielo, y también, ¡ay!, para que huyera presto su néctar. Y cuando están colmados tampoco son dichosos, porque todos odian el líquido que hay en su seno. El vaso de falerno aborrece su áspero olor de lagares; el de óleo perfumado odia su grávida espesura y envidia la levedad del vaso de agua clara.
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