Desolación
214 Haz el ánfora de los miserables, tosca, cual un puño, desgarrada de dar, y sangrienta, como la gra- nada. Será el Ánfora de la Protesta. Y haz el ánfora de Leopardi, el ánfora de los tortu- rados que ningún amor supo colmar. Hazles el vaso en que miren su propio corazón, para que se odien más. No echarán en ella ni el vino ni el agua, que será el Ánfora de la Desolación. Y su seno vaciado inquietará más que si estuviera colmada de sangre, al que lo mire. Vasos —Todos somos vasos —me dijo el alfarero, y como yo sonriera, añadió—: Tú eres un vaso vaciado. Te volcó un grande amor y ya no te vuelves a colmar más. No eres humilde, y rehúsas bajar como otros vasos a las cisternas, a llenarte de agua impura. Tampoco te abres para alimentarte de las peque- ñas ternuras, como algunas de mis ánforas que reci- ben las lentas gotas que les vierte la noche y viven de esa breve frescura. Y no estás roja, sino blanca de sed, porque el sumo ardor tiene esa tremenda blancura. La limitación —Los vasos sufren de ser vasos —agregó—. Sufren de contener en toda su vida nada más que cien lágrimas y apenas un suspiro o un sollozo intenso. En las manos del destino tiemblan, y no creen que vacilan así por- que son vasos. El amor los tajea de ardor, y no ven que son hermanos de mis gredas abiertas. Cuando miran
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