Desolación

213 Cuando nos puso en un horno ardiente, alcanza- mos el color más luminoso y el más bello que se ha mostrado al sol: era un rosa viviente de pétalo recién abierto... Cuando el alfarero lo sacó del horno ardiente, pensó que aquello ya no era lodo, sino una flor: como Dios, ¡él había alcanzado a hacer una flor! Y el vaso dulcificaba el agua hasta tal punto que el hombre que lo compró gustaba de verterle los zumos más amargos: el ajenjo, la cicuta, para recogerlos melificados. Y si el alma misma de Caín se hubiera podido sumergir en el vaso, hubiera ascendido de él como un panal, goteante de miel... Las ánforas Ya hallaste por el río la greda roja y la greda negra; ya amasas las ánforas, con los ojos ardientes. Alfarero, haz la de todos los hombres, que cada uno la precisa semejante al propio corazón. Haz el ánfora del campesino, fuerte el asa, espon- jado el contorno como la mejilla del hijo. No turbará cual la gracia, mas será el Ánfora de la Salud. Haz el ánfora del sensual; hazla ardiente como la carne que ama; pero, para purificar su instinto, dale labio espiritual, leve labio. Haz el ánfora del triste; hazla sencilla como una lágrima, sin un pliegue, sin una franja coloreada, por- que el dueño no le mirará la hermosura. Y amásala con el lodo de las hojas secas, para que halle al beber el olor de los otoños, que es el perfume mismo de su corazón.

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