Desolación

212 segadores enlazados, evocaba también; al llorar los bronces crepusculares, el alma mía recordaba a Dios bajo su polvo ciego. Junto a mí, el suelo formaba un montoncillo de arcilla roja, con un contorno como de pecho de mujer y yo, pensando en que también pudiera tener alma, le pregunté: —¿Quién eres tú? —Yo soy —dijo— tu Enemiga, aquella que así, sencillamente, terriblemente, llamabas tú: la Enemiga. Yo le contesté: —Yo odiaba cuando aún era carne, carne con juventud, carne con soberbia. Pero ahora soy polvo ennegrecido y amo hasta el cardo que sobre mí crece y las ruedas de las carretas que pasan magullándome. —Yo tampoco odio ya —dijo ella—, y soy roja como una herida porque he padecido, y me pusieron junto a ti porque pedí amarte. —Yo te quisiera más próxima —respondí—, sobre mis brazos, los que nunca te estrecharon. —Yo te quisiera —respondió— sobre mi corazón, en el lugar de mi corazón que tuvo la quemadura de tu odio. Pasó un alfarero una tarde, y, sentándose a des- cansar, acarició ambas tierras dulcemente... —Son suaves —dijo—: son igualmente suaves, aunque una sea oscura y la otra sangrienta. Las lle- varé y haré con ellas un vaso. Nos mezcló el alfarero como no se mezcla nada en la luz: más que dos brisas, más que dos aguas. Y nin- gún ácido, ninguna química de los hombres, hubiera podido separarnos.

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