Desolación
205 Suavidades Cuando yo te estoy cantando,—en la tierra acaba el mal: —todo es dulce cual tus sienes:—la barranca, el espinar. Cuando yo te estoy cantando,—se me borra la crueldad: —suaves son, como tus párpados,—¡el león con el chacal! Canción amarga ¡Ay! ¡ Juguemos, hijo mío,—a la reina con el rey! Este verde campo es tuyo.—¿De quién más podría ser? —Las alfalfas temblorosas—para ti se han de mecer. Este valle es todo tuyo.—¿De quién más podría ser?—Para que los disfrutemos—los pomares se hacen miel. (¡Ay! ¡No es cierto que tiritas—como el Niño de Belén—y que el seno de tu madre—se secó de padecer!). El cordero está espesando—el vellón que he de tejer.—Y son tuyas las majadas.—¿De quién más podrían ser? Y la leche del establo—que en la ubre ha de correr—y el manojo de las mieses—¿de quién más podrían ser? (¡Ay! ¡No es cierto que tiritas—como el Niño de Belén—y que el seno de tu madre—se secó de padecer!). ¡Sí! ¡ Juguemos, hijo mío,—a la reina con el rey!
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