Desolación
196 La quietud Ya no puedo ir por los caminos: tengo el rubor de mi ancha cintura y de la ojera profunda de mis ojos. Pero traedme aquí, poned aquí a mi lado las macetas con flores, y tocad la cítara largamente: quiero para él anegarme de hermosura. Pongo rosas sobre mi vientre, digo sobre el que duerme estrofas eternas. Recojo en el corredor hora tras hora el sol acre. Quiero destilar como la fruta miel hacia mis entrañas. Recibo en el rostro el viento de los pinares. La luz y los vientos coloreen y laven mi sangre. Para lavarla también yo no odio, no murmuro, ¡solamente amo! Que estoy tejiendo en este silencio, en esta quietud, un cuerpo, un milagroso cuerpo, con venas, y rostro, y mirada, y depurado corazón. Ropitas blancas Tejo los escarpines minúsculos, corto el pañal suave: todo quiero hacerlo por mis manos. Vendrá de mis entrañas, reconocerá mi perfume. Suave vellón de la oveja: en este verano te cor- taron para él. Lo esponjó la oveja ocho meses y lo emblanqueció la luna de enero. No tiene agujillas de cardo ni espinas de zarza. Así de suave ha sido el vellón de mis carnes, donde ha dormido. ¡Ropitas blancas! Él las mira por mis ojos y se sonríe, dichoso, adivinándolas suavísimas...
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