Desolación
195 Estoy débil, tan débil que el olor de las rosas me hizo desvanecer esta siesta, cuando bajé al jardín, y un simple canto que viene en el viento o la gota de sangre que tiene la tarde en su último latido sobre el cielo, me turban, me anegan de dolor. De la sola mirada de mi dueño, si fuera dura para mí esta noche, podría morir. El dolor eterno Palidezco si él sufre dentro de mí; dolorida voy de su presión recóndita, y podría morir a un solo movi- miento de este que está en mí y a quien no veo. Pero no creáis que únicamente me traspasará y estará trenzado con mis entrañas mientras lo guarde. Cuando vaya libre por los caminos, aunque esté lejos, el viento que lo azote me rasgará las carnes y su grito pasará también por mi garganta. ¡Mi llanto y mi son- risa comenzarán en tu rostro, hijo mío! Por él Por él, por el que está adormecido, como hilo de agua bajo la hierba, no me dañéis, no me deis trabajos. Perdonádmelo todo: mi descontento de la mesa pre- parada y mi odio al ruido. Me diréis los dolores de la casa, la pobreza y los afanes, cuando lo haya puesto en unos pañales. En la frente, en el pecho, donde me toquéis, está él y lanzaría un gemido respondiendo a la herida.
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