Desolación
194 La hermana Hoy he visto una mujer abriendo un surco. Sus ca- deras están henchidas, como las mías, por el amor, y hacía su faena curvada sobre el suelo. He acariciado su cintura; la he traído conmigo. Beberá la leche espesa de mi mismo vaso y gozará de la sombra de mis corredores, que va grávida de gravi- dez de amor. Y si mi seno no es generoso, mi hijo alle- gará al suyo, rico, sus labios. El ruego ¡Pero no! ¿Cómo Dios dejaría enjuta la yema de mi seno, si Él mismo amplió mi cintura? Siento crecer mi pecho, subir como el agua en un ancho estanque, calladamente. Y su esponjadura echa sombra como de promesa sobre mi vientre. ¿Quién sería más pobre que yo en el valle si mi seno no se humedeciera? Como los vasos que las mujeres ponen para reco- ger el rocío de la noche, pongo yo mi pecho ante Dios; le doy un nombre nuevo, le llamo el Henchidor, y le pido el licor de la vida, abundoso. Mi hijo llegará bus- cándolo con sed. Sensitiva Ya no juego en las praderas y temo columpiarme con las mozas. Soy como la rama con fruto.
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