Desolación
174 La montaña de noche Haremos fuegos sobre la montaña. La noche que desciende, leñadores, no echará al cielo ni su crencha de astros. ¡Haremos treinta fuegos brilladores! Que la tarde quebró un vaso de sangre sobre el ocaso, y es señal artera. El espanto se sienta entre nosotros si no hacéis corro en torno de la hoguera. Semeja este fragor de cataratas un incansable galopar de potros por la montaña, y otro fragor sube de los medrosos pechos de nosotros. Dicen que los pinares en la noche dejan su éxtasis negro, y a una extraña, sigilosa señal, su muchedumbre se mueve, tarda, sobre la montaña. La esmaltadura de la nieve adquiere en la tiniebla un arabesco avieso: sobre el osario inmenso de la noche, finge un bordado lívido de huesos. E invisible avalancha de neveras desciende, sin llegar, al valle inerme, mientras vampiros de arrugadas alas rozan el rostro del pastor que duerme.
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