Desolación

172 Otoño A esta alameda muriente he traído mi cansancio, y estoy ya no sé qué tiempo tendida bajo los álamos, que van cubriendo mi pecho de su oro divino y tardo. Sin un ímpetu la tarde se apagó tras de los álamos. Por mi corazón mendigo ella no se ha ensangrentado. Y el amor al que tendí, para salvarme, los brazos se está muriendo en mi alma cual su arrebol desflocado. Y no llevaba más que este manojito atribulado de ternura, entre mis carnes como un infante, temblando. Ahora se me va perdiendo como un agua entre los álamos; pero es otoño, y no agito, para salvarlo, mis brazos.

RkJQdWJsaXNoZXIy Mzc3MTg=