Desolación

148 El sol no parecíame, para bañarlo, intenso; mirándome, yo odié, por toscas, mis rodillas; mi corazón, confuso, temblaba al don inmenso; ¡y un llanto de humildad regaba mis mejillas! Y no temí a la muerte, disgregadora impura; los ojos de él libraran los tuyos de la nada, y a la mañana espléndida o a la luz insegura yo hubiera caminado bajo de esa mirada... II Ahora tengo treinta años, y mis sienes jaspea la ceniza precoz de la muerte. En mis días, como la lluvia eterna de los Polos, gotea la amargura con lágrima lenta, salobre y fría. Mientras arde la llama del pino, sosegada, mirando a mis entrañas pienso qué hubiera sido un hijo mío, infante con mi boca cansada, mi amargo corazón y mi voz de vencido. Y con tu corazón, el fruto de veneno, y tus labios que hubieran otra vez renegado. Cuarenta lunas él no durmiera en mi seno, que solo por ser tuyo me hubiese abandonado. Y en qué huertas en flor, junto a qué aguas corrientes lavara, en primavera, su sangre de mi pena, si fui triste en las landas y en las tierras clementes, y en toda tarde mística hablaría en sus venas.

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