Desolación
149 Y el horror de que un día con la boca quemante de rencor, me dijera lo que dije a mi padre: «¿Por qué ha sido fecunda tu carne sollozante y se henchieron de néctar los pechos de mi madre?». Siento el amargo goce de que duermas abajo en tu lecho de tierra, y un hijo no meciera mi mano, por dormir yo también sin trabajos y sin remordimientos, bajo una zarza fiera. Porque yo no cerrara los párpados, y loca escuchase a través de la muerte, y me hincara, deshechas las rodillas, retorcida la boca, si lo viera pasar con mi fiebre en su cara. Y la tregua de Dios a mí no descendiera: en la carne inocente me hirieran los malvados, y por la eternidad mis venas exprimieran sobre mis hijos de ojos y de frente extasiados. ¡Bendito pecho mío en que a mis gentes hundo y bendito mi vientre en que mi raza muere! La cara de mi madre ya no irá por el mundo ni su voz sobre el viento, trocada en miserere. La selva hecha cenizas retoñará cien veces y caerá cien veces, bajo el hacha, madura. Caeré para no alzarme en el mes de las mieses; conmigo entran los míos a la noche que dura.
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