Desolación
146 Y amar (bien sabes de eso) es amargo ejercicio; un mantener los párpados de lágrimas mojados, un refrescar de besos las trenzas del cilicio conservando, bajo ellas, los ojos extasiados. El hierro que taladra tiene un gustoso frío, cuando abre, cual gavillas, las carnes amorosas. Y la cruz (Tú te acuerdas, ¡oh Rey de los judíos!) se lleva con blandura, como un gajo de rosas. Aquí me estoy, Señor, con la cara caída sobre el polvo, parlándote un crepúsculo entero, o todos los crepúsculos a que alcance la vida, si tardas en decirme la palabra que espero. Fatigaré tu oído de preces y sollozos, lamiendo, lebrel tímido, los bordes de tu manto, y ni pueden huirme tus ojos amorosos ni esquivar tu pie el riego caliente de mi llanto. ¡Di el perdón, dilo al fin! Va a esparcir en el viento la palabra el perfume de cien pomos de olores al vaciarse; toda agua será deslumbramiento; el yermo echará flor y el guijarro esplendores. Se mojarán los ojos oscuros de las fieras, y, comprendiendo, el monte que de piedra forjaste llorará por los párpados blancos de sus neveras: ¡toda la tierra tuya sabrá que perdonaste!
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