Desolación
145 El ruego Señor, tú sabes cómo, con encendido brío, por los seres extraños mi palabra te invoca. Vengo ahora a pedirte por uno que era mío, mi vaso de frescura, el panal de mi boca, cal de mis huesos, dulce razón de la jornada, gorjeo de mi oído, ceñidor de mi veste. Me cuido hasta de aquellos en que no puse nada; ¡no tengas ojo torvo si te pido por este! Te digo que era bueno, te digo que tenía el corazón entero a flor de pecho, que era suave de índole, franco como la luz del día, henchido de milagro como la primavera. Me replicas, severo, que es de plegaria indigno el que no untó de preces sus dos labios febriles, y se fue aquella tarde sin esperar tu signo, trizándose las sienes como vasos sutiles. Pero yo, mi Señor, te arguyo que he tocado, de la misma manera que el nardo de su frente, todo su corazón dulce y atormentado, ¡y tenía la seda del capullo naciente! ¿Que fue cruel? Olvidas, Señor, que le quería, y que él sabía suya la entraña que llagaba. ¿Que enturbió para siempre mis linfas de alegría? ¡No importa! Tú comprende: ¡yo le amaba, le amaba!
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