Desolación
115 Éxtasis Ahora, Cristo, bájame los párpados, pon en la boca escarcha, que están de sobra ya todas las horas y fueron dichas todas las palabras. Me miró, nos miramos en silencio mucho tiempo, clavadas, como en la muerte, las pupilas. Todo el estupor que blanquea las caras en la agonía, albeaba nuestros rostros. ¡Tras de ese instante, ya no resta nada! Me habló convulsamente; le hablé, rotas, cortadas de plenitud, tribulación y angustia, las confusas palabras. Le hablé de su destino y mi destino, amasijo fatal de sangre y lágrimas. Después de esto, ¡lo sé!, ¡no queda nada! ¡Nada! Ningún perfume que no sea diluido al rodar sobre mi cara. Mi oído está cerrado, mi boca está sellada. ¡Qué va a tener razón de ser ahora para mis ojos en la tierra pálida!, ¡ni las rosas sangrientas ni las nieves calladas!
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