Palabra Pública N°38 agosto - septiembre 2026 - Universidad de Chile
al oficio de informar”, dice. Por eso, observa con preo- cupación el debilitamiento actual de las redacciones: equipos más pequeños que significan menos tiempo y recursos para investigar y verificar. “En Chile se han ido acabando las revistas, y los diarios quedaron mermados muy tempranamente. Eso demoró mucho más en pasar en Estados Unidos, España o Argentina. Aquí yanohayquioscos de revistas, y cualquier proyecto de prensa escrita que surge dura poco. Lo que ha tomado una fuerza impresionante es la radio y los pódcast, pero no creo que estos cambios hayan afectado la naturaleza de los rumores”, afirma el periodista. Ante el auge de distintos tipos de desinformación y su masificación, Cavallo insiste en que el problema de fondo sigue siendo el mismo de hace cincuenta años: el periodismo se trata sobre correr detrás de la información para distinguir los hechos reales de las versiones. “Cuando fue el accidente en que murió Sebastián Pi- ñera, durante horas circularon audios de WhatsApp que aseguraban distintas versiones de la caída del helicóp- tero. Pero siempre hemos tenido que lidiar con ese tipo de rumores. En los 90, la agencia France-Presse dio por muerto seis veces al presidente electo de Brasil [Tancre- do Neves] antes de que efectivamente falleciera. Nunca más le creímos a France-Presse, o al menos por un tiem- po largo”, cuenta. “Con la tecnología, todo se propaga más rápido y por eso hoy más que nunca los periodistas deben cultivar el escepticismo. Una buena labor es la que está haciendo el equipo del sitio FastCheck para identifi- car la información falsa”, agrega. Según explica, el mayor enemigo del periodismo no son las redes sociales, sino el excesivo entusiasmo. “Una redacción entusiasmada es lo peor que hay: periodistas que quieren creer y golpear con una historia”, dice. “Uno de los ejemplos más espantosos fue el caso Spiniak. Era un hombre sexualmente enfermo, con manías bastante cochinas, por decirlo de algún modo, pero muchas de las cosas que se dijeron, por ejemplo sobre los políticos involucrados, nunca fueron ciertas. La principal testigo, Gema Bueno, era una mentirosa compulsiva y la prensa se lo creyó todo, fue impresionante”, dice sobre el escán- dalo que fue destapado en 2003 por Chilevisión. Tentaciónde creer | Al comienzo de la transicióndemo- crática, los rumores sobre el paradero de los detenidos desaparecidos se imponían sobre cualquier otra infor- mación. Así lo recuerda Cavallo, quien como director de La Época recibía a diario ese tipo de llamadas. “Fue un periodo muy intenso, los militares estaban en retroceso y la oposición venía a hacerse cargo, entonces hubo tor- menta de rumores sobre lugares en distintos puntos del país donde había osamentas de desaparecidos, pero casi nada era verdad”, cuenta el periodista, quien varias ve- ces movilizó equipos de investigación para verificar los datos en terreno. “Siempre era en una cuesta, un río, una quebrada o cualquier lugar poco accesible. Una vez fui- mos a chequear unos supuestos cuerpos atados a rieles que estarían bajo el mar a la altura de Iloca. Gastamos muchos recursos, contratamos buzos para que fueran a inspeccionar y nada”, cuenta. La experiencia le dejó una enseñanza que, con los años, se convirtió en un principio de trabajo: ningún rumor se descartaba de antemano, pero ninguno se pu- blicaba sin antes someterlo a una rigurosa verificación. A veces era imposible no caer en errores. El episodio que Cavallo recuerda como “el gran do- lor” de su carrera ocurrió también mientras dirigía La Época . Recibió directamente un dato sobre una millona- ria defraudación al interior del Hospital Militar, donde estarían involucrados altos mandatarios del Ejército, entre ellos, Jorge Lucar Figueroa, vicecomandante en ese momento. El caso, se suponía, ya estaba siendo investigado por la Fiscalía Militar. El dato, cuenta el pe- riodista, “era tan confiable —porque venía de una de las mejores fuentes que se me podrían ocurrir—, que puse de inmediato a un equipo a investigar a fondo. Lo lidera- ba Alejandra Matus”, recuerda. Después de algunas semanas, Matus confirmó la in- formación con otras “buenas fuentes”: un oficial del Ejército, fiscal de la justicia militar, quien le pidió reserva de su nombre; y el Consejo de Defensa del Estado, donde le confirmaron que había una investigación, pero no le entregaron el número del proceso. En paralelo, el editor Óscar Sepúlveda también confirmó los hechos con una fuente del Ministerio de Defensa. Con esos respaldos, y movidos por publicar antes que otro medio, la historia apareció en la edición del 12 de agosto de 1994 con un llamado en portada. De inme- diato, el Ejército emitió un desmentido y los generales mencionados en la nota anunciaron querellas por inju- rias. Lucar Figueroa, en tanto, podía incluso acogerse a la Ley de Seguridad Interior del Estado, lo que le permitiría querellarse sin siquiera presentar pruebas. “El problema fue que publicamos la información sin suficiente veri- “Una redacción entusiasmada es lo peor que hay: periodistas que quieren creer y golpear con una historia”, dice Cavallo. “Uno de los ejemplos más espantosos fue el caso Spiniak”. 6
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