Palabra Pública N°38 agosto - septiembre 2026 - Universidad de Chile

Periodista formado en la Universidad de Chile, Cavallo fue director de La Época (1993-1995) y de revista Hoy (1995- 1997) y fue uno de los fundadores de la consultora Tironi. En 2021 recibió el Premio Nacional de Periodismo. Hoy sigue desempeñándose como docente, crítico de cine y columnista político en Tele13 Radio y La Tercera. Además, es autor de influyentes libros para comprender la historia reciente de Chile: la trilogía sobre el poder compuesta por La historia oculta del régimen militar (1988), escrito junto a Manuel Salazar y Óscar Sepúlveda; La historia oculta de la transición (1999) y La historia oculta de la década socialista (2022), junto a Rocío Montes. En ellos reconstruye cien- tos de episodios, como la noche del plebiscito de 1988, las tensas conversaciones privadas entre Patricio Aylwin y Augusto Pinochet, el día en que llegan al presidente los rumores sobre un acuartelamiento del Ejército en 1990, por nombrar algunos. “En los primeros años de la dictadura, a los militares les preocupaba que se difundieran rumores, incluso llegaron a crear un personaje animado que aparecía en televisión, al que llamaron Murmuro Rumor. Pensamos dedicar un capítulo a este tema en el libro La historia oculta del régimen mi- litar, pero luego lo descartamos porque en general eran rumores sobre la Junta, personales y de poca monta. Nos daba mucha risa porque era como el régimen autodenunciándose”, cuenta el periodista sobre la poco recor- dada caricatura de un empleado público —bajo, moreno y de bi- gote— que propagaba rumores en la oficina y que terminaba con el mensaje: “¡No le crea a Murmuro Rumor!”. Cavallo cuenta que, para sus libros, contrastó un sinfín de informaciones que circulaban como rumor a partir de cientos de entrevistas realizadas bajo confidencialidad, pero siguiendo una regla intransable: nada se publica- ba sin haber sido confirmado por al menos tres fuentes independientes. “Me da envidia cuando leo los libros de Bob Woodward [uno de los grandes periodistas de investigación de Estados Unidos] y cuenta que se juntó con el presidente y le contó tal cosa, porque acá funciona distinto. La política chilena tiene la regla no escrita de que para saber la verdad hay que hablar sin atribución de fuente”, dice Cavallo. Para combatir el chismoseo en el periodismo es fun- damental la investigación, la que para Ascanio Cavallo nunca es individual. “No creo en la figura romántica del periodista como llanero solitario. El periodismo se hace en colectivo. Siempre existe un editor que pregunta, un colega que duda, alguien que obliga a revisar una cifra o volver a llamar a una fuente. Sin esa conversación per- manente, el periodismo se parece más a la literatura que o soy Liliana Walker”, fue el titular de la portada del 17 de abril de 1990 con el que La Época daba un golpe periodístico y terminaba con una década de rumo- res. Liliana Walker era la chapa de la misteriosa mujer que en agosto de 1976 viajó a Washington junto al oficial de la DINA Armando Fernández Lario con el objetivo de seducir al excanciller Orlando Letelier y así obtener información sobre sus hábitos previo al atentado en su contra perpetrado por Michael Townley. “Durante años circularon rumores sobre la verdadera identidad de esta mujer. Todo el mundo la imaginaba como una especie de Mata Hari, una mujer preciosa, elegante, rubia. Se pensó incluso que podía ser la hija de un médico bien conocido, pero al final nada resultaba cierto. Hasta que un día llegó un dato que parecía más fidedigno, una dirección donde supuestamente vivía y fuimos a verificarla”, recuerda el periodista Ascanio Cavallo (1957), quien en ese entonces era editor general del diario. La casa estaba en un tranquilo pasaje en Providencia. “Pusimos a un equipo de periodistas y un fotógrafo a vigi- lar durante 48 horas, esperando que la mujer apareciera. Recuer- do que siempre había una niña chica jugando afuera y suponía- mos que era la hija de Liliana. También recuerdo que el lugar era perfecto para vigilar, porque tenía solo una salida, no podía escapar”. Pero la mujer no salió. Fue entonces queManuel Salazar, el periodista y editor a cargo del caso, decidió ir a tocar la puerta. Después de insistir varias veces, fue recibido. “Apareció lamujer y su madre llorando, gritando. Ahí quedó en evidencia que el dato era real”, cuenta Cavallo. Luisa Mónica Lagos Aguirre era su verdadero nombre y su historia era menos glamorosa de lo que durante años se creyó. La mujer había sido una bailarina y escort paga- da que trabajaba en varios locales manejados por la DINA, que la reclutó finalmente como agente civil. “Fue complejísimo. Tuvimos que esconderla por un tiempo porque ella pensaba que la iban a matar. Luego fue entregada a la justicia”, precisa el periodista. Además de consolidar el prestigio del diario, la historia escrita por Salazar y el testimonio de la mujer sobre los preparativos del crimen fueron clave para que la Corte Suprema reabrie- ra el caso Letelier. Aunque ella fue investigada, logró evitar condenasmayores ymás tarde se radicó en Estados Unidos. Para Cavallo, la historia no representó el triunfo del instinto periodístico, sino una lección sobre la paciencia. “Fue un rumor que se convirtió en verdad”, resume. Pero solo después de semanas de trabajo, de reunir fotografías, consultar fuentes y contrastar información; todo bajo una buena dosis de escepticismo. “El periodismo se hace en colectivo. Siempre existe un editor que pregunta, un colega que duda, alguien que obliga a revisar una cifra o volver a llamar a una fuente. Sin esa conversación permanente, el periodismo se parece más a la literatura que al oficio de informar”. 5

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