Palabra Pública N°38 agosto - septiembre 2026 - Universidad de Chile

palabra crítica me viene a la mente el plano final del documental chileno El vals de los inúti- les (2013), de Edison Cajas, en el que un joven secundario se aleja en bicicleta al ritmo de Los Prisioneros. Todos son momentos de liberación luego de al- guna travesía, porque, en general, y a diferencia de la película de Ilic, se trata de escenas que cierran el relato. Aquí, en cambio, la secuencia marca un comienzo: ocurre antes de que se pro- duzca la transición de la adolescente y antes de que el país inicie la transición hacia la democracia. Es el verano de 1990. La dictadu- ra está llegando a su fin y Celeste, de quince años, pasa las vacaciones con su familia en una playa de Atacama. Sus padres son arqueólogos que bus- can restos en el desierto. ¿Qué es lo que intentan encontrar? No se menciona directamente en los primeros momen- tos de la película, pero se percibe en las latencias y tensiones (susurros, silen- cios de los padres cuando está presente su hija) y en los pequeños detalles que emergen amedida que avanza la trama (las noticias sobre Pinochet o un cartel de la campaña del “No” en el camping). Celeste observa ese mundo adulto que parece algo opaco mientras se suce- den las experiencias arquetípicas de laura lattanzi Académica del Departamento de Teoría de las Artes de la Universidad de Chile. Doctora en Filosofía conmención en Estética y Teoría del Arte. Se ha especializado en teoría estética, teoría política y artes audiovisuales. Cuerpo Celeste, de Nayra Ilic Correr en el desierto cine L a escena es más o menos así: plano de un desierto, la cáma- ra se balancea por las dunas, se acerca al ras del suelo areno- so y se eleva de manera serpenteante. Luego aparece una joven corriendo, la sigue un adolescente y otro más por detrás; se le van acercando. Los tres llevan trajes de baño. Corren a un rit- mo suavemente ralentizado; la música es un poco hipnótica y la luz tiene un tono, como un filtro, que recuerda a un tiempo algo lejano. Llegan al mar y se zambullen, celebrando ese momen- to pleno con todo su cuerpo. Vemos sus pieles firmes y porosas bajo el sol, casi como si las sintiéramos. Se ríen con muecas de complicidad, des- preocupadas, gozosas. Así inicia la película Cuerpo Celeste, de Nayra Ilic, con un gesto de libertad que promete. Nos recuerda a algunas escenasmemo- rables del final de ciertas películas en las que sus protagonistas, más omenos jóvenes, más o menos niños, corren como si al fin nada los retuviera. Pien- so en Los 400 golpes (1959), de François Truffaut, cuando el pequeño Antoi- ne Doinel corre hasta el mar; o en The Florida Project (2017), de Sean Baker, cuando las dos niñas se escapan para llegar al castillo de Disney. También se 58

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