Palabra Pública N°38 agosto - septiembre 2026 - Universidad de Chile
palabra crítica L as curadurías complicadas son pan de cada día: la pretensión de tener una “hipótesis cu- ratorial” que anude todos los temas y contextos posibles no es más que una búsqueda inútil. Las obras, por su propia condición abierta, no se dejan domesticar fácilmente por cu- radores-ventrílocuos que arrinconan cadapoética individual para canalizarla en la suya propia, cuestión que termina por friccionar laexhibiciónmisma. Este problema reaparece con la itinerancia de la 36ª Bienal de São Paulo, exhibida actualmente en el Centro Cultural La Moneda (CCLM), donde la curaduría a ratos parece elevarse demasiadopor so- bre la exposición. La propuesta, dirigida por el cameru- nésBonaventureSohBejengNdikungy un equipo internacional de curadores, se titula No todo viajero recorre caminos — De la humanidad como práctica, bus- cando salir de los esencialismos de lo humano. Si bien el título parece invo- car una retórica espiritual —que más de alguien podría asociar quizás con la autoayuda—, la exposición se abre a la mayor cantidad de obras posibles, dejando atrás los cuestionamientos de la versión anterior que fue acusada de ser “demasiado local”. Al revisar la lista completa de artistas, notamos que las nacionalidades son variadas y, en ese sentido, la bienal recupera su vocación global. Pero ese resulta ser uno de los aspectos menos interesantes a la hora de pensar la propuesta en sala, donde los pasaportesde los artistas importanpoco. A modo general, la sala Andes del CCLM se hace pequeña frente a la canti- dad de trabajos, tanto objetuales como bidimensionales. El espacio maneja habitualmente su museografía de un modo que suele recibir pocas críticas, pero esta vez el recorrido resulta claus- trofóbico: cada obra no tiene mucho espacio para desenvolverse y contamina el campo visual de la contigua, lo que confunde al visitante y le impide aden- trarse en los trabajos a su propio ritmo. Lasfichas, alejadasypequeñas, tampoco ayudanadefinirunitinerarioautónomo (no se entiende, además, por qué algu- nas obras tienenguía enQRy otras no). La primera instalación, del brasile- ño Antonio Tarsis, se titula “Catástrofe orquestra #1 (Ato 1)” y funciona como un biombo o incluso como un retablo que separa al espectador del resto de la sala. Es la obra más grande, construi- da con desechos de todo tipo y unas vasijas a modo de “ofrenda”. Según la curaduría, esta pieza, comisionada para la bienal, reflexiona sobre el pai- saje natural sometido a las violencias del extractivismo capitalista. Cautiva por la minuciosidad de sus materiales, el precario equilibrio de las plomadas de carbón que cuelgan del techo y sus colores. Sin embargo, al terminar el re- corrido, uno queda con la sensación de haber visto una escenografía sin poten- cia visual ni presencia. No quisiera debatir aquí sobre las “estéticas” no occidentales que prota- gonizan los grandes eventos del arte internacional, pues sería largo hacerlo con la especificidad que merece cada caso. Pero no puedo dejar pasar una sensación general que deja la muestra: nada parece demasiado memorable ni tampoco queda anclado en alguna ope- ración rotunda y clara. Los textiles de la artista haitiana Myrlande Constant —conectados con lo espiritual, en este caso los Iwa, espíritus del vudú— se inscriben enuna tradición iconográfica popular que, más allá de lo “novedoso” de su inclusión en un espacio oficial, diego parra Crítico e historiador del arte con estudios en edición. Docente de Historia del Arte de la Universidad de Chile. Escribe enmedios especializados, en los que trabaja el vínculo entre arte y política. Sobre No todo viajero recorre caminos (…), una selección de la 36ª Bienal de São Paulo Más estética, menos espiritualidad artes 56
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