Palabra Pública N°38 agosto - septiembre 2026 - Universidad de Chile
palabra crítica S e podría hacer una pequeña biblioteca con la literatura de duelo, sobre todo aquella en quelamadrees lagranausente: Roland Barthes, Simone de Beauvoir, Romain Gary, Annie Ernaux, Richard Ford o Vivian Gornick son solo algu- nos de los y las autoras que han escrito desde esta perspectiva. En Chile no son pocos los libros recientes que atravie- san la enfermedad, agonía y muerte maternas: Belén Fernández Llanos en Ella estuvo entre nosotros (2019), Nona Fernández en Voyager (2019), Cristian Geisse en Tu enfermedad será mi maes- tro (2024) o incluso Regalón (2026), de Cristian Hualacán, en que la ausente es una abuela ymatriarca; también po- demos remontarnos a un poema como Réquiem (1944), de Humberto Díaz-Ca- sanueva. Mario Verdugo, uno de los grandes tejedores del contracanon lite- rario chileno, lo cita, de hecho, con algo de ironía en su libro más reciente, de título parco y algo inesperado: Blusa . Pocas palabras son tan opacas, poco evocadoras. Una blusa es un objeto coti- dianoquepodríaentrarenladificilísima categoría de palabras insignificantes. Peroaquí funcionaprácticamentecomo una declaración de principios del autor. Lamuerte no se anuncia con redoble de tambores, sino conmodestia: solo “blu- sa”. Todo lo contrario de un título como Réquiem en el caso de Díaz-Casanueva, o Diario de duelo o Una muerte muy dulce , por citar los libros de Barthes y Beauvoir, respectivamente. No obstan- te, al rato de leer lo que Verdugo tiene para decir, la palabra se va tornando cada vezmás interesante, más apropia- da, más icónica. ¿Qué, si no una blusa, marca la estampa, las preocupaciones, la estética e incluso la ética de una ge- neración de mujeres en Chile? ¿Acaso no nos habla de ciertas ideas de limpie- za, trabajo y decencia propias de una clase social? La metonimia de la blusa, que Verdugo inteligentemente conecta con la huelga neoyorquina de las blu- sas de 1909 liderada por la obrera textil Clara Lemlich, es un símbolo incluso de la explotación laboral: “jamás se las dejaba de considerar aprendizas, con frecuencia se las molía a palos y diaria- mente se las revisaba de pies a cabeza para comprobar que no se hubieran ro- badoni unbotónni unojal ni un trocito de blusa”, escribe sobre aquellas muje- res de principios del siglo XX. A través de breves anotaciones, que podrían ser las de un diario, también las deuna cartadirigidapor unhijoa su madre, aparecen escenas de una vida compartida, imágenes del archivo ma- terno, diálogos y sobre todo el registro obsesivo de las blusas con que se topa en la calle y que por algo busca evitar: “Indignación creciente al ver grupos de señoras de setenta para arriba ca- minando ágiles y cómodas y rápidas por la Veinticuatro Sur. En particular, aversión grado Kübler-Ross por el cien por cientode las blusas estampadas que suelen preferir las demás adultas ma- yores interprovinciales tanto acá como enÑuñoa”, escribe, vinculando lameto- nimia de estas blusas con la obra de la psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross, quien describió las etapas del duelo. Ver una blusa: acordarse. También, el riesgo de incumplir uncompromiso: “El compro- miso de no generalizar nada tuyo, de nunca adocenarte, pero ese compromi- so tambiénes generalizable: tambiénse le autoimpone sin irmás lejos, atragan- tándose en un mar de lágrimas, el Dr. Barthes al quedarse sinmamá”. Es desde allí que este escritor incla- sificable, a quien he destacado otras veces como uno de nuestros escritores más literarios (y relevantes), enfrenta la muerte de la madre, tratando de no “adocenarla”. De hacer que la madre y su ausencia se tornen únicas, aunque esto sea, finalmente, lo que buscan todos los huérfanos. Una forma de ha- cerloesescribiruntextoque, sibienestá compuesto en su mayoría en segunda persona, no tiene la pesadez, solemni- dad o gravedad de una circunstancia en sí misma trágica. No: estamos ante un libro felizmente ligero, si la “ligereza” es considerada un valor estético. El propio Verdugo tiende un puente hacia una de las figuras más execradas de la lite- ratura, el protagonista de El extranjero , de Albert Camus, quizás la encarnación máscélebredeunduelosinemotividad: “Unade las razonespor las cuales termi- nan condenando a Meursault es que justo el día después de la muerte de su mamá comete la impudicia de ir al cine. Era razón suficiente para que lo enjui- ciaran como a un hijo desnaturalizado libro lorena amaro Crítica literaria y profesora del Instituto de Estética de la Universidad Católica de Chile. Sobre Blusa , de Mario Verdugo Escribir el duelo 54
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