Palabra Pública N°38 agosto - septiembre 2026 - Universidad de Chile
palabra de estudiante A lguien sube a redes una confesión anónima. Nadie sabe si es verdad, pero to- dos entienden que podría serlo. En minutos aparecen comen- tarios, teorías y bromas. Un grupo dormidovuelve adespertar porque algo nuevo empezó a circular. Tal vez el centro del problema no sea el rumor, sino la necesidad de comuni- dad. Necesitamos sentir que miramos algo juntos, que participamos de una escena común, que pertenecemos por un rato. Antes, esa sensación aparecía en rituales reconocibles: el programa de radio en la mañana, la teleserie de la tarde, el show que todos comentaban al día siguiente. No eran necesariamente trascendentes, pero daban la impresión de vivir enunmundo en común. Hoy esos rituales no han desapare- cido: se han acelerado. Hanmutado en memes, confesiones, funas, noticias, hilos, capturas y rumores. Nos reuni- mos alrededor de una publicación, nos posicionamos, reaccionamos y se- guimos scrolleando por la pantalla. La comunidad aparece por unos instantes y luego se dispersa. Tomamos bandos en conflictos de personas que no conocemos, en peleas políticas que apenas entendemos, en noticias leídas amedias y en problemas interpersonales que olvidaremos des- pués. No por maldad: tomar posición nos da una ubicación. Estoy acá, pienso esto, pertenezco a este lado. Eso nos de- fine a nosotros y a nuestro entorno. Hay una soledad extraña en todo esto. Nunca hemos estado tan disponi- blesy tanaisladosalmismotiempo.Nos mostramos, opinamos, reaccionamos, construimos una versión pública de no- sotrosmismos. En internet nobasta con existir: hay que hacerse notar. Nuestra persona digital se vuelve una versión editada para circular y ser consumida. Por eso la vida privada empieza a parecerse a una teleserie de las tres, pero sin guionistas y con demasiados espectadores. Hay traiciones, audios filtrados, capturas recortadas, indirec- tas. Lo íntimo se vuelve episodio. La vida se edita, se comenta y se olvida. El problema no es solo tecnológi- co. No basta con culpar a algoritmos, deepfakes o páginas de confesiones. La desconfianza no es gratis. Cuesta creer en instituciones que justifican hoy lo que ayer condenaban, en autoridades que venden humo y en medios que compitenpor clics, likes y atención. Nunca hubo tanta conversación y tan poca comunicación. Todo se co- menta, se comparte, se responde, pero casi nada se escucha. La palabra circu- la veloz, pero no siempre encuentra destinatario. A eso se suma una duda nueva: ya no siempre sabemos si hay alguien al otro lado. Entre cuentas falsas, bots y comentarios fabricados, incluso la comunidad puede ser una puesta en escena. Quizás por eso estas comunidades fugaces funcionan.Noexigendemasia- do: basta reaccionar a tiempo, entender el código, estar presente mientras dure la escena. Por unosminutos, una publi- caciónnos da algo parecido a unhogar. La pregunta incómoda es qué vida compartida estamos construyendo que nos hace necesitar tanto estas peque- ñas formas de pertenencia. comunidades fugaces teo escudero Estudiante de primer año de Cine y Televisión, Universidad de Chile 45
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