Palabra Pública N°38 agosto - septiembre 2026 - Universidad de Chile
Un lenguaje nuevo, a fin de cuentas. Así, los rumores adquieren otro estatus. Se convierten en una forma colectiva de interpretar una situa- ción intercambiando experiencias personales, información parcial, de- ducciones y alternativas de respuesta. Es el esfuerzo de una comunidad por comprender y articular una voz co- mún, capaz de orientar reacciones y comportamientos en esos momentos en las que la autoridad pierde credibi- lidad o se ha quedado en silencio. Se puede ver como un fenómeno sociológico, pero no es solo eso. Como en el juego del teléfono y la cadena de rumores de las que participamos de adultos, hay también un compro- miso sensible. En cada ocasión nos acercamos a otro, bajamos la voz y susurramos algo en su oído. Aire, calor, gravedad del sonido. A veces hasta causa un escalofrío in- voluntario. No se trata de una metáfora, sino de una prác- tica concreta de intimidad, confianza y reciprocidad. En la medida en que el rumor pone en relación nuestra sensibilidad con la de los de- más, abre la posibilidad de concebir otras formas de existencia. Un rumor-susurro es, ante todo, una conciencia racional, lingüística y sensual del otro. III.El rumor-susurro | ¿Porquévale la pena pensar hoy en un rumor-su- surro? ¿Hoy que todo, o casi todo, está codificado en pantallas, imágenes, parodias hechas con inteligencia arti- ficial y viralizaciones? ¿Por qué podría importarnos una formulación sintética —obligación de su urgencia— que se dice envoz baja, al oídodeotro, a escon- didas del control del poder? El politólogo James C. Scott, en Dominación y las artes de la resisten- cia (1992), desarrolla la idea de que los discursos públicos esconden un discurso contrahegemónico. Serían sobre todo sujetos y comunidades disidentes, mantenidas al margen, que en apariencia siguen de manera estratégica las normas impuestas, pero que, en paralelo y a espaldas del poder, desarrollan ideas y pensa- mientos que desafían las directrices oficiales. Eso serían los “discursos ocultos”. Uno de los ejemplos que da son los esclavos en los Estados Uni- dos del siglo XIX. Bajo la apariencia de sumisión —desde jornadas de trabajo y castigos hasta su propia venta— organizaban estrategias de resistencia como trabajar más lento, bajar la producción, fingir bajas ca- pacidades intelectuales y desarrollar un fuerte sentido de solidaridad. En el mar de rumores que alarman y des- informan, hay también algunos que llaman a reunirse, a cuidar de otros o a acompañar una espera angustiosa. Michel de Certeau separa la estrate- gia —las formas en que la institución organiza las acciones sobre un espa- cio— de la táctica, que no tiene un lugar y está por fuera de la institucio- nalidad oficial. A esta última la llama “táctica de los débiles”, y la concibe como un modo de organizar la rabia y el descontento ahí donde no llega el control del poder. “La táctica no tiene más lugar que el del otro”, señala. Entre los discursos ocultos de Sco- tt y las tácticas de De Certeau aparece una figura posible, eso que he señalado como el rumor-susurro. Podemos pen- sar, entonces, en un tipo de rumor que no es banal o dañino o destinado al en- gaño, sino una herramienta política de organización de las fuerzas creativas. Me refiero, por ejemplo, a esa in- formación casi invisible que busca proteger a otras y otros, evitar que se muevan a cierto lugar, advertir de un peligro o comunicar el descubrimien- to de un punto débil para saber cómo defenderse. Pienso también en esas palabras que salen con disimulo, de lado, que soplan una respuesta que el temor no nos deja ver. Hablo de esa experiencia personal que se traspasa en un abrazo y que da consuelo, que acompaña, que alivia undolor. Yhablo, especialmente, de ese mensaje de boca a oído que organiza una estrategia, una acción que romperá con el cerco. El rumor a secas contiene ya una potencia política: circula sin origen claro, se transforma al transmitirse, no se puede controlar completamen- te, carece de autor estable. Pero bajo el apellido “susurro”, el carácter mó- vil, plural e inclasificable del lenguaje encontraría un lugar en su dimensión física, sensorial y de proximidad. El rumor-susurro cambia una y otra vez porque involucra al sujeto y, al ac- tuar, se vuelve presente. Ya no es solo mensaje, sino también un gesto en el cual reconozco a otros como iguales y acepto la idea de que una red pue- de funcionar mejor que una acción individual. Desde el rumor-susu- rro podemos resignificar, retroceder, mirar de vuelta, corregir e ima- ginar otro espacio y tiempo. Ahí el lenguaje, y por tanto cada uno de nosotros, puede tomar aire y empezar de nuevo. Un rumor sobre la vida de alguien puede llevarnos a entender a otro y no solo a golpearlo. Un rumor puede organizar- nos, acercarnos. Compartir un miedo e intentar enfrentarlo juntos. Es a través de la cercanía física, el alien- to y el leve sonido en el oído de otro que podemos crear un espacio de protección, oculto, en el que hay que mantener una voz muy baja y a la vez audible. El rumor-susurro requiere una tecnología suave capaz de articu- lar proliferaciones. Quiero pensar, y esto es puro e in- tenso deseo, que el rumor-susurro puede ser también un grito alojado entre el pecho y la garganta, en esta- do de latencia. Cito aquí —tomándome cierta libertad en la traducción— una can- ción de la entrañable Tracy Chapman: en las filas de personas desemplea- das, en aquellas que se forman todos los días en la puerta de una organiza- ción de caridad, en las salas de espera de los hospitales, se escucha un ruido que parece un susurro. ¿Acaso no sa- bes de qué están hablando? “En la medida en que el rumor pone en relación nuestra sensibilidad con la de los demás, abre la posibilidad de concebir otras formas de existencia”. 44
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