Palabra Pública N°38 agosto - septiembre 2026 - Universidad de Chile
res y niñas enfrentan una exposición desproporcionada al daño reputacional de naturaleza sexual. La mayoría de la pornografía deepfake existente involucra rostros femeninos. Asimismo, datos de la Defensoría de la Niñez indican que más del 70% de las adolescentes del país ha recibido contac- tos de tipo sexual por redes sociales o plataformas digitales. Algunas prácticas detectadas son el sexting, como se conoce al intercambio de mensajes o material online con contenido sexual; la sextorsión, denominación para la amenaza de publicar contenido sin consentimiento; y el grooming , cuando un adulto se contacta online con unme- nor de edad con fines sexuales, entre otras. La identidad vigilada | Más allá del daño inmediato, también resulta inquietante el efecto sobre la construc- ción de la identidad. La adolescencia es un período de ensayo y error, de exploración de roles, de contradiccio- nes. El derecho a equivocarse en privado, a decir algo torpe, a cambiar de opinión, ha sido una condición im- plícita de ese proceso, pero que el entorno digital está erosionando de manera profunda. Cuando cada conversación puede ser expuesta, cada foto manipulada y cada desliz salir a la luz pública, los ado- lescentes internalizan una lógica de gestión permanen- te de su imagen. Bernardo Pacheco, psiquiatra adoles- cente de la Red UC Christus y profesor de la Universidad Católica, plantea que “no es beneficioso que se constru- ya una identidad personal sin presencia directa de los pares. Referentes solo de tipo virtual no aseguran, dado el tipo de interacción, una identidad integrada. Lo digital puede desvirtuar el sí mismo, ya que muchas veces solo es- timula ideales de lo que somos o no somos en la realidad”. Jaque argumenta que “muchos adolescentes apren- den a mostrarse pensando no solo en quién los ve hoy, sino en quién podría verlos mañana: compañeros, familias, docentes, futuros grupos o desconocidos. La identidad se construye bajo una audiencia imaginada y potencialmente hostil. Esa condición puede generar autocensura, hipercon- trol de la imagen, ansiedad ante la evaluación social ymenor espontaneidad. También puede producir una tensión difícil: las redes sociales son espacios de pertenencia y validación, pero al mismo tiempo son espacios de exposición y riesgo”. Esta dinámica tiene consecuencias sobre las relaciones de amistad, que se vuelven más calculadas; sobre las rela- ciones afectivas, que se desarrollan bajo la amenaza de que una pelea o ruptura puede derivar en la difusión de conversaciones privadas; y sobre la relación con el propio cuerpo, que pasa a ser no solo un territorio de insegurida- des normales del desarrollo, sino un objeto potencialmente explotable por la tecnología de la mano de otros. Un problema de fondo | El ecosistema digital en el que crecen los adolescentes ha ido normalizando una serie de condiciones que transforman estructuralmente su ex- periencia social. Entre ellas están la persistencia de toda información digital, que elimina la posibilidad de que un rumor se olvide; la escalabilidad de la difusión, que permi- te que un conflicto entre dos personas se convierta en un espectáculo público; la facilidad para actuar desde el anoni- mato, que reduce las inhibiciones sociales que en el mundo presencial limitan la crueldad; y la asimetría radical entre quien lanza una acusación y quien debe defenderse. Frente a esto, la respuesta institucional ha sido lenta. La regulación sobre deepfakes aplicados a menores es todavía incipiente o inexistente: por ejemplo, en Estados Unidos, la aprobación en mayo de 2025 de la Take It Down Act —que obliga a las plataformas a retirar imágenes íntimas no con- sentidas en un plazo de 48 horas— representó un avance legislativo significativo, pero su implementación real re- cién está enmarcha. En el ámbito escolar, muchas instituciones ca- recen de protocolos claros para responder cuando es- tos incidentes ocurren. “Es un problema complejo en la sociedad actual, porque no estamos preparados. Acá hay dos cosas que son importantes: necesitamos tener más educación en las familias para poder ayudar a los niños a comprender mejor estas situaciones, y necesitamos políticas públicas que pue- dan abordar este tipo de problemáticas”, señala Guillermo Bustamante, académicode la FacultaddeComunicaciónde la Universidad de losAndes. A juicio de Jaque, “no basta con intervenir cuando la funa, el rumor o el deepfake ya ocurrió. Las comunidades educativas deben trabajar la percepción de seguridad digital, la confianza entre pares, la alfabetización sobre consenti- miento y la posibilidad de pedir ayuda tempranamente. La salud mental adolescente se afecta no solo por incidentes consumados, sino también por vivir en un entorno donde la exposiciónpública parece siempre posible”. Lo que está en juego no es un asunto tecnológico que se resuelva con mejores softwares de detección, ni uno edu- cativo que se solucione con una charla sobre ciudadanía digital. Es algo más profundo: afecta la forma en que una generación está aprendiendo a relacionarse con los demás y consigo misma en un mundo donde la exposición es la norma, la privacidad se vuelve cada vezmás frágil y el dere- cho a equivocarse parece haber desaparecido. “Lo que está en juego es cómo una generación está aprendiendo a relacionarse con los demás y consigo misma en un mundo donde la exposición es la norma, la privacidad es frágil y el derecho a equivocarse parece haber desaparecido”. 37
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