Palabra Pública N°38 agosto - septiembre 2026 - Universidad de Chile

se emocionalmente contra la evidencia de que existen crueldades puras, es decir, irracionales y gratuitas. Si se relativiza la calidad de víctimas de las víctimas, si fue- ron parcialmente responsables de su horrible destino, la realidad se vuelve menos amenazante y quizás se logre convivir con ella u olvidarla. Asimismo, y por paradójico que pueda sonar, el “error de memoria” puede apoyarse en verdades: el suicidio del presidente Allende en La Moneda, confirmado por quienes estuvieron con él, durante años fue descreído por muchas personas. “A Allende lo mataron” era una frase que circu- laba en susurros en los años del miedo. Tenía sentido: ladictadura civil-militar secuestró y asesinó a miles de personas, negó esos crí- menes, censuró la información y, como suelen hacerlo las tiranías, muchas veces los presentó como suicidios, crímenes pasionales o enfrentamientos armados que nunca ocurrieron. En ese con- texto, el suicidio de Allende bien podía ser una más de esas mentiras. En un fenómenomás difícil de rastrear a nivel documen- tal, el atractivo de las teorías conspirativas, por ejemplo, suele ser directamente proporcional a su absurdo: mien- tras más disparatadas, marginales o “secretas” sean, más producen en sus creyentes la sensación de poseer una lucidez que la mayoría no tiene y de estar escapando al control de los poderosos. Se trata de una reacción extre- ma, ciertamente, pero se alimenta de una realidad: los grupos dominantes sí ocultan y tergiversan la informa- ción según sus intereses. Desde esa perspectiva, las informaciones falsas, los “erro- res de memoria” o las teorías conspirativas pueden ser abordadas no solo desde la obligación ética de desmon- tarlas, sino como territorios agrietados y laberínticos que nos permiten —y a veces mejor que la verdad— compren- der los miedos, distancias y sufrimientos menos visibles en nuestras sociedades. Podemos sonreír con cierta superioridad, si queremos, ante los terrapla- nistas, loscreyentesenel “Estado profundo” —una supuesta es- tructura oculta que gobernaría por encima de las autoridades democráticamente elegidas— o quienes temían que la vacuna contra el covid-19 les implanta- ría chips de seguimiento; pero esa mirada despectiva de poco sirve para comprender cómo y por qué se construyen esas desconfianzas tan extendidas hacia la ciencia establecida, los gobiernos, la prensa formal y los organismos interna- cionales, y qué hay al interior de ellas. Profundizar en la tierra fértil de las mentiras es y debería ser tarea prioritaria para las humanidades y las ciencias sociales, porque qui- zás sea una de las herramientas más valiosas para salir de nuestros propios círculos de autoafirmación. Marcha conmemorativa en homenaje a las víctimas de la masacre nazi de las Fosas Ardeatinas de 1944, en Roma, Italia, en marzo de 2025. Crédito: Tommaso Stefanori/NurPhoto vía AFP “Desde el punto de vista de la historia y la memoria, es más interesante la pregunta de por qué creemos en noticias, imágenes o afirmaciones aun si la evidencia demuestra que son falsas o altamente improbables”. 31

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