Palabra Pública N°38 agosto - septiembre 2026 - Universidad de Chile

columna E n La orden ya fue ejecutada (1999), el historiador italiano Alessandro Portelli analizó la historia y la memoria de la masacre de las Fosas Ardea- tinas, perpetrada por el nazismo el 24 de marzo de 1944. En ella se asesinó a 335 civiles italianos como represalia a un atentado de la resistencia partisana con- tra los ocupantes alemanes en la Via Rasella, en Roma. Mientras la documentación de la época y las declaracio- nes de los mismos hechores prueban que la masacre se ordenó a pocas horas del atentado y no se llamó a ningún partisano a entregarse para evitarla, la memoria social instaló la idea de que eso sí había ocurrido y, por lo tanto, los partisanos eran en parte responsables de esas muer- tes. Se hablaba, incluso, de un cartel que habría circulado por los muros de la ciudad llamándolos a entregarse y así evitar el castigo de personas inocentes. Dicho cartel nunca existió. El mismo Portelli, en una investigación anterior, había acuñado el concepto de “error de me- moria” ( errore memorabile ) para definir esa discordancia entre hechos históricos y la memoria de estos. ¿De dón- de venía el “error de memoria” de las Fosas Ardeatinas? ¿Por qué en las décadas siguientes se instaló la falacia de que los partisanos habían sido llamados a entregarse tras el atentado y, al no hacerlo, fueron culpables de la re- presalia nazi contra víctimas inocentes? Portelli necesitó años de investigación documental y cientos de testimonios para construir una respuesta. Descubrió que se trataba de un fenómeno político y so- cial extremadamente complejo, más relacionado con la Italia de posguerra que con lo ocurrido ese día aciago de 1944. La propaganda de la derecha contra los partisanos, la distancia que la Democracia Cristiana tomó respecto de esos combatientes comunistas durante la Guerra Fría y los debates sobre quiénes habían sido realmente du- rante el fascismo y la ocupación alemana —¿héroes de la resistencia o violentistas irresponsables?— ayudaron a que se instalara esta versión de la historia. A ello se sumó una suerte de “sentido común” que llevó a muchos a con- cluir que debía ser cierta, porque parecía razonable que los ocupantes llamaran a entregarse a los culpables de un atentado antes de fusilar personas al azar. Todo esto contribuyó a que la evidencia documental tuviera mucha menos circulación y credibilidad de la que merecía, y a que el “error de memoria” terminara por asentarse. En términos generales, la pulsión icónica —como la lla- mó Román Gubern—que nos hace ver rostros en manchas de humedad o brazos al cielo en las ramas de los árboles en un bosque, o el wishful thinking , que nos lleva a creer lo que deseamos que ocurra, han sido parte de la experiencia humana desde sus orígenes. Desde el punto de vista de la historia, lamemoria y su influencia en nuestra vida política y social, es más interesante la pregunta de por qué creemos en noticias, imágenes o afirmaciones específicas en desme- dro de otras, aun si la evidencia demuestra que son falsas o, por lo menos, altamente improbables. Como le ocurrió a Portelli, la respuesta a esa pregunta no puede generalizarse y suele ser mucho más intrincada y difícil de encontrar. Investigaciones como la mencionada, que desmenuzan las creencias falaces, han demostrado que una mentira se instala como verdad por algo más complejo que por la sola repetición de una impostura o por la (posible) mala intención de sus autores. La tierra fértil de las men- tiras —es decir, lo que puede convertirlas en creencias aceptadas y transmitidas— se compone de capas hetero- géneas de experiencias, miedos y deseos colectivos que encuentran en ellas interpretaciones más creíbles que la verdad. Son, a veces, formas de hacer comprensibles (y, por lo tanto, menos temibles) violencias tan brutales que se vuelven socialmente insoportables: el muy conocido “algo habrán hecho” puede ser una forma de proteger- Las informaciones falsas, los “errores de memoria” o las teorías conspirativas son territorios agrietados y laberínticos que nos permiten—a veces mejor que la verdad— comprender los miedos, distancias y sufrimientos menos visibles en nuestras sociedades. Mirar con superioridad a quienes los difunden poco sirve para dilucidar cómo y por qué se construyen esas desconfianzas tan extendidas. azun candina-polomer Historiadora. Académica de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile. La tierra fértil de lasmentiras 30

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